¡Houston, tenemos un problema!

Por el Doctor Luis Enrique Zamora Angulo (Doctor Humano).

Está escrito y es inevitable: algún día dentro de los próximos 5 000 millones de años tendremos que abandonar este amado planeta y aventurarnos a través de la inmensidad del espacio exterior para buscar nuestro nuevo hogar.

Nuestro legendario e imprescindible sol cumplirá su ciclo de vida y, al agotar sus reservas de hidrógeno y estar lleno de helio, pasará a convertirse en una estrella gigante roja cuyo calor evaporará el agua de nuestro planeta fundiendo cualquier tipo de vida y, finalmente (por decirlo así), se tragará a la Tierra como un vil aperitivo dominguero.

Pero, como no voy a vivir 5 000 millones de años, no me preocupo más de lo necesario, aunque sí me da tristeza saber cómo será el final de nuestro sistema solar y, junto con él, el de este maravilloso e irrepetible mundo azul. Ese al que los Thundercats le dicen “El tercer planeta”.

Siempre que se piensa en viajar a través del espacio, lo primero que viene a la mente es la limitación que tenemos para alcanzar las velocidades necesarias y entonces recorrer las inmensas distancias que hay entre planetas, estrellas o galaxias. Ni por asomo podemos acercarnos a la velocidad de la luz (300 000 kilómetros por segundo) y esas distancias se miden en años luz, o sea, ¡la distancia que recorre la luz en un año terrestre! Esa es la limitante que siempre tenemos presente, pero hace unos meses la naturaleza le echó sal a esta herida, aunque apenas nos vayamos enterando gracias a un artículo publicado en la sección de correspondencia del New England Journal of Medicine (ya sabes, una de las revistas más prestigiosas en Medicina, si no es que la más).

Dicho artículo contenía una historia increíble, la primera en su tipo -y, por supuesto, muy digna de contarse- de un hombre que se enfermó trabajando fuera del planeta Tierra.

Un astronauta cuya identidad por obvias razones se mantuvo en el anonimato (a partir de este momento lo llamaremos “Bob”), tenía una misión que cumplir en la Estación Espacial Internacional (EEI), y esta duraría 6 meses. Durante los primeros 60 días las cosas fueron saliendo según lo planeado, hasta que otro astronauta observó que una de las venas del cuello de Bob estaba aumentada de tamaño, como si estuviera llena de líquido, algo que, normalmente, no se ve. Es como cuando a alguien que le duele mucho la cabeza le podemos ver “saltadas” las venas, ya sea en las sienes o en el medio de la frente (solo que en el cuello si esto ocurre es mucho más notorio). Cuando le avisó a Bob, seguramente este le dijo que el asunto de la vena le extrañaba, ya que él no estaba enfermo de nada antes, no había antecedentes.

Inmediatamente se comunicaron por videoconferencia a nuestro planeta para avisar lo sucedido y recibir las necesarias instrucciones para resolver la contingencia.

Desde este mundo cruel y pecador, y gracias a la tecnología, 2 radiólogos le indicaron al compañero de Bob cómo utilizar el ultrasonido y lo fueron guiando (“muévelo así, ahora por acá, presiónale un poco más”) durante todo el procedimiento hasta obtener el diagnóstico que buscaban: una trombosis de la vena yugular interna izquierda.

Las venas yugulares se encargan de traer la sangre desde el cerebro hacia la vena cava superior y de ahí hasta la mitad derecha del corazón, donde después hay llevarla por los pulmones y hacer que se llene nuevamente de oxígeno para volver a entrar al “cucharón” (así le decimos al corazón acá en México) en su mitad izquierda que, rebosante de sangre roja y brillante exquisitamente rica en oxígeno, estará lista para sostener tu vida y la mía.

El problema estaba más que identificado, pero era apenas el principio. Ahora los investigadores tenían que decidir qué hacer, pero no tenían información directa para hacerlo.

Porque, sí, querido lector, esta trombosis que tan bien estudiada está en la tierra y que ya sabemos cómo manejar, cuando se presenta en el espacio… de eso ¡no hay nada!

Todos nuestros estudios llevan de por medio la fuerza de gravedad, esa de la que Bob había escapado al estar en el espacio, por lo que decidir el tratamiento tuvo que basarse en deducciones indirectas obtenidas de los datos que tenemos aquí en la Tierra, que, obviamente, no es lo ideal. El segundo problema fue que Bob no se podía quedar sin tratamiento, porque el coágulo podía extenderse hacia arriba y alcanzar otras venas (como el seno longitudinal superior) y, entonces sí, provocar un auténtico desastre cerebral. Siendo inevitable que a nuestro intrépido vaquero le tuvieran que dejar un fármaco (un anticoagulante) para evitar la propagación del trombo, entonces el otro peligro vendría de exponerlo al tratamiento con el principal temor que nos invade cuando anticoagulamos a alguien: el sangrado.

Que Bob nos empezara a sangrar en el espacio sideral podría ser catastrófico, ¿adónde correría a que lo atendieran?

Teniendo en cuenta estas variables, cautelosamente se inició manejo con Enoxaparina cada 24 horas. En la nave solo había 20 frascos de 300 miligramos cada uno, y había que hacerlos rendir hasta que llegara el tratamiento oral definitivo. Durante aproximadamente 45 días estuvo recibiendo la enoxaparina (subcutánea) y la dosis de esta debió disminuirse para poder aguantar la espera mencionada. Como aquí estamos con pura medicina V.I.P., los extraterrestres (suponiendo que existan) debieron estar muy divertidos al ver llegar una nueva nave a la EEI trayendo consigo el ya histórico Apixabán (anticoagulante oral directo, del cual digo es histórico porque es el primero de su clase que se usó para esto en el espacio), junto con concentrados protrombínicos como antídoto, por si a Bob se le ocurría sangrar. Ahora sí, por recursos nos parábamos, sin duda, ante la atención médica más cara en la historia de la humanidad. El Apixabán empezó con 5 miligramos cada 12 horas, pero en las siguientes semanas disminuyó a 2.5 miligramos cada 12 horas. A intervalos de 1 a 3 semanas se estuvo evaluando el tamaño del coágulo, constatándose que, efectivamente, este había disminuido.

Bob siguió flotando dentro de la estación espacial durante los siguientes 3 meses y llegó el momento de volver a casa, por lo que el Apixabán se suspendió 4 días antes para evitar algún sangrado en tan difícil maniobra.

Don Bob fue feliz de regreso, y a los 10 días de su llegada, ya rodeado de los placeres que abundan en la Tierra, le hicieron otro ultrasonido, donde se demostró que ya no había ningún coágulo, por lo que se suspendió el tratamiento. Este seguimiento se extendió por 6 meses más, tiempo en donde probablemente se dedicó a ver la temporada de la NBA, a pescar o jugar videojuegos, mientras la NASA se mantenía al pendiente de su evolución, en la cual jamás existió ningún síntoma, y ya sin trombo, sin anticoagulación y en la Tierra, se dio de alta y fue el fin de la aventura.

Lo que le ocurrió a Bob no tiene precedentes en la historia y puso a prueba a la medicina moderna. No hay nada más difícil que tomar decisiones sobre la vida de un paciente sin respaldo científico.

Se hizo lo que se pudo y se hizo lo mejor posible, y las cosas resultaron bien gracias a que la telemedicina, la radiología, la farmacología y la tecnología se fusionaron para tratar a este paciente.

Si nunca te has planteado que eres afortunado por vivir en esta época, sería bueno que empezaras a hacerlo.

Fue una gran prueba, en donde también se observó que los flujos obtenidos del cuello de Bob tenían “ciertas diferencias” o patrones que no concuerdan con el comportamiento de los mismos bajo la influencia de la gravedad, por lo que un nuevo misterio se agregó a la lista de preguntas sin resolver que tiene la ciencia. ¿Cómo no amarla?

A través de Bob pudimos experimentar lo frágil que es el ser humano frente a la enfermedad y, sobre todo, en ausencia de datos, de estudios que nos digan cuál es la mejor forma de resolver una situación potencialmente grave. Pero también pudimos darnos cuenta de que ya no somos los mismos que hace un siglo vivíamos a la deriva indefensos y sin poder hacer mucho para luchar por nuestra existencia frente a la naturaleza.

Hemos avanzado no solo en tecnología, sino también en actitud. Ya no tenemos miedo, ahora nos invade la curiosidad.

Pero algún día viviremos mucho tiempo en el espacio exterior, y esa fragilidad humana deberá dominarse para resolver con mano firme los problemas que acarreen las enfermedades, porque donde haya un ser humano, lo seguirán siempre.

Buena suerte para nuestros congéneres cuando tengan que abandonar la Tierra.


Luis Enrique Zamora Angulo, "doctor Humano"Luis Enrique Zamora Angulo, médico internista egresado del Nuevo Hospital Civil de Guadalajara, se dedica desde 2013 activamente a la divulgación en medicina. Desde su fanpage de Facebook, su canal de YouTube “Doctor Humano” y su podcast “Medicina de andar por casa” -que produce él mismo-, comparte información confiable explicada de una manera amena y sencilla, entendible para todo público.


MedsBla no se hace responsable de las opiniones expresadas por sus colaboradores.