El nacimiento y crianza de un niño llega a la vida de las familias como un terremoto que levanta todos los cimientos sobre los que se asienta la estabilidad.

Por la doctora Laura Hidalgo

Durante mi actividad profesional en los dos últimos años en un centro de salud haciendo labores de pediatría en atención primaria, no son pocas las reflexiones y preguntas que me han ido a surgiendo. Tampoco son pocas las dudas y los anhelos de padres que he escuchado.

El nacimiento y crianza de un niño llega a la vida de las familias como un terremoto que levanta todos los cimientos sobre los que se asienta la estabilidad.

La pareja como núcleo de un hogar recién creado, sobre el que se proyectan cientos de ideales, se ve acorralado por la presencia de un diminuto ser humano con serias dificultades para comunicarse con ellos y multitud de necesidades. Listas gigantes de tareas por hacer, cosas que comprar y artilugios supuestamente indispensables que llenarán el espacio. Las noches sin dormir y las preocupaciones se quedarán en la casa para siempre, como aquel viejo cuadro en la pared.

Los seres humanos siempre hemos sido descritos como sociables por naturaleza, convivientes en comunidad amplias donde las diferentes generaciones van asumiendo roles, a veces intercambiables, que tratan de asegurar por una parte la supervivencia y, por otra, la descendencia para que exista una continuidad de la estirpe.

Estas comunidades plurigeneracionales trasmiten los conocimientos adquiridos de forma sumatoria por todos los antepasados y arropan con consejos, así como con tradiciones, la llegada de un recién nacido.

Muchos de los rituales o ceremonias que se celebran en estos momentos tienen como intención suplir las necesidades que posteriormente van a aparecer.

En la mayoría de las sociedades actuales —no ocurre en todas—, los núcleos familiares se han ido reduciendo de forma drástica. Esas casas llenas de abuelos, tíos, primos y hermanos han dado paso a apartamentos en los que a menudo convive una pareja o un solo adulto con los hijos.

No muchas son las familias que pueden presumir de residir en la misma localidad, ni siquiera en el mismo país. Y, aunque los unan lazos de amor irrompibles, el día a día se vive por separado.

Estos padres se enfrentan sin amparo al crecimiento y educación de los menores y, aunque a través del teléfono podamos conectarnos con amigos y familiares o consultemos en Google sobre el color normal de las deposiciones de un bebé, no tranquilizan como lo hace una abuela ni le quitan hierro como lo hace una hermana.

Por todo esto, las consultas de profesionales médicos y enfermeros de pediatría de atención primaria se han convertido a menudo en un confesionario —e incluso un oráculo— que, más allá de tratar puramente la salud de un infante, se usa para preguntar todo tipo de ocurrencias, miedos y desesperaciones.

Se nos supone animales mamíferos e instintivos, programados genéticamente pasa saber qué hacer frente a las demandas de un neonato, pero un miedo atroz a no saber hacerlo bien inunda los corazones de los padres, especialmente los primerizos.

La mayor parte del tiempo en las consultas se ocupan con temas como la alimentación; si a un niño se le puede bañar todos los días; si los excrementos de las criaturas tienen olores o texturas “normales”; o que cuándo van a poder dormir de un tirón.

Los profesionales de la salud, con paciencia y empatía, intentamos acompañar a los padres en un difícil camino, pero no siempre es suficiente. Las personas necesitamos del afecto y apoyo de aquellos seres cercanos que realmente nos conocen y en los que confiamos.

Pocas cosas consuelan como la escucha de una madre, ahora abuela, que asiente y asiente a todo lo que una primeriza enumera como descubrimientos terroríficos. “¡Es que cuando le entran gases, puede estar llorando durante horas!”, exclama la primeriza.

Hemos avanzado en muchas cosas, y consecuencia de este avance es la ciencia, las vacunas o la medicina actual. También que las mujeres trabajen, con la independencia que conlleva; o las familias homosexuales, que pueden ver cumplido su deseo de ser padres.

Pero este avance ha traído mucha soledad, tiempo limitado y bastante falta de apoyos. Los centros escolares y guarderías ayudan a la casi imposible tarea de conciliar, pero nunca serán suficiente.

Envío todo mi apoyo y mi ánimo a esos ascendientes que, con falta de apoyos sociales, se enfrentan a la ardua tarea de traer personas este mundo, llenarlos de amor y hacerlo lo mejor que pueden. Aunque les reconozco que sería más fácil hacerlo con una buena prima cerca.


Laura Hidalgo, médica de atención primaria especializada en cuidados paliativos

Laura Hidalgo

Médica de familia especializada en cuidados paliativos.

Licenciada por la Universidad de Extremadura, Hidalgo se especializó posteriormente en Bioética y Derecho Sanitario, así como en Cuidados Paliativos.

Actualmente compatibiliza su trabajo como médica de familia en el servicio madrileño de salud con labores de consultoría médica para empresas.


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