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Cineforum: Efectos secundarios de la industria farmacéutica

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¿Es malo estar triste?, ¿cómo están abordando los médicos su libertad de prescripción?, ¿hasta qué punto es lícita e, incluso, necesaria, la relación con la industria farmacéutica? El Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Madrid (ICOMEM) ha querido profundizar en estos y otros temas a través de la película Efectos secundarios (2013), de Steven Soderbergh. Esta tercera sesión del V Seminario Sobre Medicina y Cine, al que asiste MedLab Media Group, se ha centrado en el capítulo IV del Código de Deontología, Calidad de la atención médica.

Tras la salida de su marido de la cárcel, la depresión de Emily empeora hasta conducirla a un intento de suicidio. El primer conflicto médico que aparece en pantalla es el de Jonathan Banks; el psiquiatra que atiende a Emily debe valorar si ingresar a la paciente o permitir que abandone el centro con la condición bajo la condición de asistir a terapia. Esta última opción, por la que opta el Dr. Banks, “se entiende bien en el entorno médico, pero, para la sociedad suele suponer motivo de alarma”, opina el público del cinefórum.

En las siguientes escenas, el Dr. Banks explica al marido de Emily que la paciente debe tomar “pastillas para no estar triste”, pero “¿es tan malo estar triste”, se pregunta M.ª Cristina Coca, doctora en psicología de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). “Vivimos en una sociedad perfeccionista, queremos un cuerpo perfecto y no estar nunca tristes; de esta manera se acaba por psicopatologizar situaciones habituales que no son más que procesos naturales de vida”, reflexiona la experta.

Salud: un producto de consumo

La normalización de los fármacos, apunta Tayra Velasco, no salpica solo a los enfermos sino también a los propios médicos. “En la película el Dr. Banks ofrece betabloqueantes a su esposa antes de una importante entrevista de trabajo, e incluso él pide pastillas a su socio para poder concentrarse en una situación de estrés”, recuerda la enfermera de la UCI del Hospital Clínico San Carlos (HCSC). “Aunque la película no profundiza tanto, la raíz del problema está más honda”, asegura un médico entre el público, “la salud se está convirtiendo en un producto de consumo más”.

Prueba de ello, dice, es que el número uno del MIR aparezca en televisión o que un usuario normal con un poco de rinorrea se pase sin mayor contemplación por los servicios de Urgencias. Durante el trascurso de una comida informal de negocios, el Dr. Banks acepta la oferta de participar en la captación de pacientes para ensayar un fármaco experimental, algo que “refleja perfectamente la relación de los médicos con la industria: saben perfectamente qué médicos pueden captar más pacientes”, según la doctora Cristina Guijarro. “Pocos en esta sala podrán decir que no han ido con su pareja a un resort paradisiaco financiado por la farmacia”, asegura la neuróloga dirigiéndose a la audiencia.

“Son un negocio y saben como hacer la trampa dentro de la norma”, advierte Guijarro, “el 95% de la formación médica está financiada por la industria farmacéutica; los médicos necesitamos formarnos, y si es una necesidad ¿cómo no vamos a deberles algo?”, se cuestiona la neuróloga. “Demonizamos a la industria, pero, en nuestro sistema es la que soporta la educación y la investigación”, secunda un asistente a la proyección de Efectos secundarios. A favor del protagonista, las ponentes coinciden en señalar que, cuando recluta un nuevo paciente, sí deja claro que está cobrando por ello y que puede recetar fármacos similares.

Tras nuevos intentos de suicidio, Emily también comienza a interesarse por el aparentemente exitoso nuevo fármaco. “En EE. UU., uno de los países que más psicofármacos consume, es normal anunciar medicinas por televisión: todos recordamos la campaña del Prozac®, la píldora de la felicidad”, ejemplifica Velasco. Finalmente, y siguiendo el consejo de la anterior psiquiatra, la Dra. Siebert, el médico decide incluir a Emily en el ensayo del fármaco experimental.

“El artículo 26 del código señala que el profesional debe prescribir fármacos cuya eficacia se haya demostrado científicamente”, recuerda la doctora Concepción Bonet, miembro de la comisión deontológica de ICOMEM. En la película, uno de los efectos secundarios del antidepresivo genera en el Dr. Banks una serie de problemas éticos, profesionales e, incluso, legales. Esta contraindicación del medicamento, un tipo raro de sonambulismo, ya había sido estudiada por la Dra.Siebert que, sin embargo, no comparte dicha información con el actual médico de Emily.

La receta es potestad del que la firma

“Somos muy reacios en las relaciones con los compañeros, sobre todo en la privada”, interviene, por alusiones, un médico de familia. “Muchos compañeros son reticentes a compartir pruebas complementarias, incluso a pesar del beneficio que supondría para el paciente”, lamenta el espectador quien reivindica que “el verdadero dueño de todas sus pruebas es el paciente”. “Privar al paciente de sus resultados es ilegal y ocultarlas a un compañero, una deslealtad”, zanja Guijarro, “a la Atención Primaria no se la ha cuidado como se debería”.

La proyección de Efectos secundarios ha servido también para recordar que “la receta es potestad del que la firma: no firméis si no estáis de acuerdo con la prescripción”, advierte Bonet. Cuando el fármaco comienza a actuar en Emily -con consecuencias fatales y gran repercusión mediática-, el Dr. Banks “se convierte en una segunda víctima de los efectos secundarios”. La noticia llega al resto de los pacientes del psiquiatra, que empiezan a desconfiar de él y de la medicación que les suministra. “El 40% de las noticias en los medios de comunicación son de salud; a la gente le interesa”, señala la representante del Área de Salud del Ayuntamiento de Madrid, M.ª Jesús Pascual.

En su desenlace, la película se revela como una historia de especulación económica en la que las protagonistas tejen una complicada trama para generar la caída de acciones del fármaco experimental y aumentar así las de un medicamento similar. El argumento sorprende y escandaliza a muchos asistentes, mientras otros aprovechan para denunciar que “el dueño de Quirónsalud es una farmacéutica alemana y ni el colegio de médicos ni la comisión de deontología se han manifestado sobre ello”.

Las irregularidades en la película son constantes: por un lado, el Dr. Banks actúa como perito en un caso judicial en el que está directamente implicado; por otro, la Dra. Siebert actúa de forma contraria a su código deontológico. “Según el Programa de Atención Integral al Médico Enfermo (PAIME), entre un 10 y un 20% de los profesionales sanitarios tiene alguna adicción o problema de salud mental”, cuenta Bonet, “otros países realizan test psicotécnicos a sus médicos cada ciertos años pero, en España, no tenemos forma de demostrar la competencia o no de nuestros médicos”.

Tras esta tercera sesión de cine -la primera fue Del revés (Peter Docter, 2015) y la segunda Mi vida sin mí (2003, Isabel Coixet)- ICOMEM exhibirá otras 7 películas relacionadas, cada una, con un capítulo del Código de Deontología. La siguiente proyección, La red (Irwin Winkler, 1995) versará sobre el secreto profesional.