Para llevar a cabo el trabajo, los científicos analizaron muestras de 15 parejas formadas por un bebé de 4 meses y uno de sus padres. Se compararon la concentración de vitaminas en lágrimas y en suero sanguíneo tanto en cada sujeto como entre los lactantes y sus padres.

Las vitaminas hidrosolubles B1, B2, B3 (nicotinamida), B5, B9 y E liposoluble se detectaron rutinariamente en lágrimas y en suero sanguíneo, mientras que la vitamina A liposoluble (retinol) se detectó solo en suero.

Se encontraron correlaciones positivas fuertes entre las concentraciones en sangre y lágrimas de vitamina E en niños y padres y en las concentraciones de vitamina B3 en padres; hubo ligeras correlaciones en la vitamina B3 de los lactantes y en B1 y B2 de los adultos. No hubo diferencias entre los bebés que estaban tomando el pecho y los alimentados por biberón.

Tras analizar todos los datos, los investigadores concluyen que las lágrimas son un biofluido viable para controlar la salud nutricional “porque reflejan suficientemente los datos del suero sanguíneo y pueden mejorar la velocidad de los diagnósticos”.