Los afectados por escoliosis idiopática “suelen ser sometidos a pruebas diagnósticas cada 6 meses, aproximadamente, para controlar que no se agrava la curvatura de la columna”, explica José Luis García-Giménez, director ejecutivo de la empresa desarrolladora EpiDisease, adscrita al Centro de Investigación Biomédica en Red (CIBER), del Instituto de Salud Carlos III.

Esta frecuencia puede suponer que los pacientes se expongan a los rayos X más de 20 veces a lo largo de su adolescencia y pubertad, una situación peligrosa dado que “se ha descrito un aumento de casos de cáncer de mama y endometrio en cohortes de chicas afectadas por escoliosis y sometidas a constantes pruebas radiológicas”, advierte el investigador postdoctoral del CIBER.

“En el 10% de los casos de adolescentes que llegan a la consulta con una escoliosis leve, el clínico no sabe si ésta va a superar los 40 grados y requerir cirugía en el futuro”, reitera el experto quien, además del riesgo para el paciente, señala la “sobrecarga que se produce en el sistema sanitario de forma innecesaria”.

Hasta el nacimiento de esta nueva herramienta, “los clínicos no tenían forma de hacer un pronóstico de la evolución de la escoliosis”, continúa el bioquímico, “por eso contactaron con EpiDisease, para conocer si había algún componente epigenético que permitiera encontrar herramientas de pronóstico y de monitorización de la evolución de los pacientes”.

El resultado es un kit basado en miRNA identificados que regulan la expresión de genes relacionados con el metabolismo óseo y pueden ser utilizados como biomarcadores. Gracias a este método, los especialistas pueden hacer un cribado de los pacientes más propensos a desarrollar escoliosis severas y ahorrar las pruebas a quienes no la van a sufrir tan intensamente.

De esta forma, “aunque en los casos con riesgo a evolucionar hacia escoliosis graves sí sería necesario hacer las pruebas cada 6 meses, los pacientes de bajo riesgo podrían hacérsela solo cada año o año y medio”, calcula el autor. Esto, “no solo evitaría saturar el sistema sanitario, sino también la preocupación de los padres que saben que sus hijos pueden ser sometidos en unos tres años a una intervención en la que se colocan injertos metálicos en la columna vertebral”, concluye García-Gímenez.