Para ello, los investigadores analizaron los pacientes que padecían dolor crónico no oncológico que no habían recibido cuidados paliativos. Se comparó el uso de los opioides con el de analgésicos anticonvulsivantes y bajas dosis de antidepresivos cíclicos, y se midieron aspectos como la mortalidad total y la mortalidad por causas específicas.

Según los resultados publicados por JAMA, se registraron 22.912 episodios de prescripción de opioides de acción prolongada. El seguimiento del grupo que recibió los opioides se realizó durante 176 días y se contabilizaron 185 muertes. En el grupo de control, cuyo seguimiento tuvo una duración de 128 días, se produjeron 87 muertes.

Los opioides de acción prolongada provocaron 69 muertes adicionales por cada 10.000 usuarios. Las muertes registradas fuera del hospital fueron 154 en el grupo de los opioides de acción prolongada frente a 60 en el grupo de control. En cuanto a las muertes por riesgo cardiovascular, el grupo de los opioides de acción prolongada registró 79, mientras que el grupo de control registró 36.

Por lo tanto, los investigadores concluyen que prescribir opioides de acción prolongada para tratar el dolor crónico no oncológico se asocia a un incremento del riesgo de mortalidad si se compara con otros tratamientos como los antinconvulsivantes o los antidepresivos cíclicos.