“¿Qué hay de cierto en lo que el cine nos muestra sobre ciencia y salud?” es la pregunta que se hace el Centro de Investigación Biomédica en Red (CIBER) y a la que ha querido dar respuesta a través de BiomediCINE, un encuentro entre investigadores y espectadores que se ha celebrado en Madrid, el pasado lunes, con motivo de la Semana de la Ciencia. Durante el acto, al que ha asistido MedLab.email, el cardiólogo Javier Bermejo ha presentado un recorrido por la realidad del infarto agudo de miocardio a través de la película británica Yo, Daniel Blake.

La historia de este carpintero inglés de 59 años “pone encima de la mesa muchas cosas; desde la gestión ineficaz de todo el sistema de atención hasta los grandes errores desde el punto de vista clínico”, explica el investigador del CIBER de Enfermedades Cardiovasculares que ha elegido esta película para su ponencia por ser “una maravillosa escenificación del fracaso sanitario”.

En primer lugar, aclara el especialista en imagen cardiaca, quien sufre el infarto en la película es un paciente en edad laboral y, en principio, sano. “La gente tiende a percibir las enfermedades cardiovasculares como algo inevitable; algo que de repente te manda Dios y frente a lo que no puedes hacer nada”, lamenta Bermejo. En este punto “debemos pensar qué se puede hacer, y qué se está haciendo para bajar la incidencia de esta enfermedad”.

Según el jefe del servicio de Cardiología no Invasiva del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, la esperanza de vida en España ha aumentado entre 3 y 4 años en los últimos 20 y, gran parte de este avance se debe a la disminución de la mortalidad por riesgo cardiovascular. Combatir el sedentarismo, la obesidad, el tabaquismo o la hipercolesterolemia es el primer paso para evitar un infarto, asegura Bermejo.

En la película, el médico prohíbe trabajar a Daniel mientras la administración le obliga a buscar un empleo si no desea recibir una sanción, dejando al protagonista inmerso en una maraña administrativa. “Cuando se sufre un infarto, el daño que se produce puede ser suficiente como para que trabajar sea un riesgo”, explica el experto. “La gente no entiende que, aunque se recuperen inmediatamente del susto, no deben dejar de acudir al hospital para comprobar cuánto ha sufrido el miocardio y si se puede regenerar”.

Frente a otra imagen de la película, en la que el carpintero acepta la ayuda de una de sus vecinas, Bermejo introduce el tema del impacto psicológico del infarto. “Esta patología lleva asociado un concepto de invalidez para el paciente que, por depresión, puede dejar de tomar sus pastillas, encerrarse en sí mismo y, en consecuencia, caer más en la depresión”. El final de la película, adelanta Bermejo, es una muerte súbita por arritmia.

Al principio de la historia, recuerda el cardiólogo, los médicos valoran implantar un desfibrilador al personaje. “Si lo hubiera llevado, según se cae se despierta”, señala, “pero se produce un fracaso a la hora de determinar qué paciente es el más adecuado para beneficiarse de un marcapasos”. En este sentido, además de mejorar el cribado e invertir en terapias personalizadas, Bermejo sugiere implementar el uso de marcadores de imagen más finos, tales como resonancias magnéticas “en lugar de la ecografía que parece en la película”.