El infarto de retina comparte los mismos factores de riesgo que los accidentes cerebrovasculares más graves; sin embargo, solo un tercio de estos pacientes con presión arterial y colesterol altos, diabetes o fibrilación auricular se somete a las evaluaciones básicas tras sufrir un infarto de retina, y menos de uno de cada 10 acude a un neurólogo. Con estos datos, los investigadores de Centro Médico Weill Cornell defienden la necesidad de trabajar junto a los oftalmólogos para atender los infartos de retina como cualquier otro accidente cerebrovascular.

Para llegar a esta conclusión, el neurólogo Alexander Merkler y su equipo analizaron los datos de 5.688 pacientes con infarto de retina cuyos síntomas abarcaban desde visión borrosa a daño tisular y pérdida de la visión. De todos los sujetos, solo el 34% fue sometido a un examen por imágenes de ultrasonido de las arterias carótidas; además, las pruebas de ritmo cardiaco se realizaron únicamente sobre el 28,6% de los pacientes que habían sufrido infarto de retina.

Así mismo, tan solo el 23,3% se sometió a una ecocardiografía; y solo el 8,4% fue visto por un neurólogo. En los 90 días posteriores al infarto de retina, el 1% de estos pacientes sufrió otro accidente cerebrovascular isquémico. “Tenemos que mejorar en la evaluación de los pacientes con infarto de retina y asegurarnos de que reciben las mismas pruebas que cualquier persona con un accidente cerebrovascular en el cerebro”, defiende Merkler quien, para ello, considera esencial el trabajo conjunto con oftalmólogos.