Según informa la Sociedad Española de Cardiología (SEC), el equipo liderado por Juan Lacalzada Almeida realizó una comparación entre deportistas de lucha canaria, un deporte bastante estático, y corredores habituales profesionales, que practican un deporte dinámico. Se utilizó un tercer grupo de control con personas sanas que practicaban deporte de forma lúdica y no continuada.

Para realizar la investigación, se empleó la ecocardiografía transtorácica normal, con la particularidad de que se adquirieron imágenes de speckle tracking, que permitía estudiar la deformación del ventrículo izquierdo durante el ciclo cardiaco. “El speckle es una especie de huella que tiene el músculo cardiaco”, explica el autor del estudio, que se presentó en el Congreso SEC de Enfermedades Cardiovasculares.

Con un software, añade, es posible ver esas huellas en el miocardio y, por tanto, ver cómo se contrae y se relaja la fibra miocárdica del ventrículo izquierdo. En los resultados, observaron diferencias en cuanto a índices de masa corporal y masa del ventrículo izquierdo, “pero no había diferencias en los parámetros ecocardiográficos habituales”, apunta el especialista. En la valoración de la función sistólica, se determinó la fracción de eyección del ventrículo izquierdo y vieron que era similar en todos los deportistas.

También llevaron a cabo un estudio de la función diastólica, pero no se detectaron diferencias en el ecocardiograma convencional. Sin embargo, “cuando estudiábamos con speckle tracking cómo afectaba la deformación del ventrículo izquierdo, observábamos cómo en la sístole se deforma mejor el ventrículo izquierdo de los corredores que el de los deportistas de lucha canaria y el de los controles sanos”.

“Además, en la primera fase de la diástole también la deformidad es mucho mejor en los corredores con respecto a los otros 2 grupos”, añade el autor principal del trabajo, que concluye que los corredores tienen una mejor capacidad de relajación del ventrículo izquierdo y, por tanto, una mayor circulación sanguínea en esta cavidad. “Esto podría explicar la capacidad de los corredores de adaptar el gasto cardiaco al ejercicio de una forma relativamente sencilla”, puntualiza Lacalzada.