Así lo ha defendido el paleoantropólogo de la Fundación Ramón Areces y director de excavación en los yacimientos de Atapuerca (Burgos), Juan Luis Arsuaga, durante el Simposio Internacional ‘La historia evolutiva de la cara humana’.

"Mi teoría es muy curiosa y contradice todas aquellas explicaciones que se basan en un aspecto funcional a la hora de hablar de la evolución en el rostro de homínidos antiguos", admite Arsuaga en declaraciones a EFE, “yo creo que la función de la cara humana moderna es social dado que se trata del rostro más expresivo de la historia de la humanidad”.

Si bien es aceptado que muchos de los cambios en la morfología del Neanderthal están relacionados con la función mecánica de la masticación y el uso de la boca, para Arsuaga, el Homo sapiens presenta una cara "especial y diferente que aún no hemos sido capaces de comprender”.

Desconocemos “cómo se forma y para qué sirve, en el caso de que posea una utilidad motivada por una adaptación, dado que existen procesos adaptativos que no son evolutivos”, insiste el experto. Uno de los rasgos más destacados de esta tesis “mitad imaginativa y mitad científica”, es el relieve del rostro humano.

La cara de hombres de Atapuerca que es plana, y, según la ciencia, cuenta con una menor prominencia y topografía desde el punto de vista estructural”, explica, “yo las denomino máscaras faciales porque no están ni modeladas ni esculpidas y se asemejan a una careta”, confiesa el científico.

Sin embargo, los rostros actuales son “completamente originales, nunca ha habido una especie con un rostro tan expresivo”, compara Arsuaga, “los pómulos salientes y las concavidades del rostro con algo exclusivo de nuestra especie”.

El primer fósil que cuenta con estas características de expresividad “sería el Chico de la Gran Dolina, un rostro infantil que posee 900.000 años, o también en algunos Homo sapiens con 150.000”, reflexiona. Por otro lado, dice, “no tiene mucho sentido hablar de la evolución futura del rostro humano”, asegura.

“Por primera vez en la historia disponemos de información genética y, además, podemos saber qué va a modificar el genoma” admite el paleoantropólogo, sin embargo “no resulta útil preguntarse qué harán las fuerzas de la naturaleza porque nosotros somos las fuerzas de la naturaleza”, sentencia.

Aunque “aún queda mucho por investigar”, el científico ya publicó algunos de sus resultados el pasado año en la revista Nature. Se trata de un paper del Centro Nacional de laInvestigación sobre la Evolución Humana (CENIEH) en colaboración con el New York University College of Dentistry, al que pertenecen los coautores Timothy Bromage y Rodrigo S. Lacruz.