Joanna Makowska y Daniel M. Weary, principales autores del estudio, distribuyeron de forma aleatoria una población de 42 ratas hembra en dos jaulas distintas: una estándar y otra seminaturalista, ambas controladas mediante cámaras infrarrojas de vigilancia y sometidas a las mismas condiciones de iluminación y temperatura.

La jaula de imitación del entorno (91 × 64 × 125 cm) contaba con barras horizontales para permitir la escalada de las ratas y un fondo de tierra negra y compost que se humedecía cada pocos días. Los animales tenían acceso ad libitum a pienso y agua del grif, pero su dieta se complementó con semillas, frutos secos y cereales no azucarados.

Además, el espacio se estructuró en 4 niveles conectados por rampas, tubos de PVC, hamacas y cuerdas para fomentar el juego. Mientras, la segunda población de ratas vivió en un espacio notablemente reducido (45 × 24 × 20 cm) y cubierto de virutas de madera. Disponían de dos piezas de papel y una sola tubería de plástico, así como de pienso y agua del grifo.

Los resultados, publicados en Royal Society Open Science, indicaron que “mientras sus homólogos enjaulados pasaban casi todo el tiempo acurrucados, las ratas del entorno seminaturalista se mantenían en pie entre 73 y 178 veces al día, según su edad. También eran mucho más activas; trepaban un promedio de 76 veces al día y excavaban una media hora diaria”.

Los roedores alojados en espacios pequeños “parecían tumbarse para compensar la falta de espacio” y lo hacían “hasta 9 veces más a menudo” que las ratas del otro grupo. Esto significa que las condiciones del entorno afectan al estado médico y psicológico de los animales lo que, a su vez, interfiere en los experimentos.

Por ejemplo, “en un ensayo de comportamiento anticipatorio resultó evidente que las ratas encerradas mostraron menos sensibilidad hacia la recompensa que los animales criados en mejores condiciones de habitabilidad”. Además, ratas en el ambiente seminaturalista fueron capaces de mostrar un repertorio conductual más amplio.