La ética de las empresas que comercializan dispositivos cerebrales de venta directa está en entredicho.

Los dispositivos cerebrales de venta directa al público no suelen advertir de los riesgos que implica su uso. Esa es una de las conclusiones de un estudio que analiza la responsabilidad y ética de las compañías comercializadoras a la hora de comunicar los resultados potenciales de estos aparatos. Se trata de un trabajo de investigadores de la University of British Columbia (Canadá) publicado en la revista Neuron.

Según recoge la agencia SINC, el equipo liderado por Judy Illes identificó 41 dispositivos cerebrales de venta directa al público. De ellos, 22 registraban la actividad cerebral y 19 estaban destinados a la estimulación. El objetivo no era estudiar su validez científica. De hecho, hay pocos trabajos que lo hagan. En este caso, los científicos se centraron en cuestiones de transparencia, derechos y responsabilidad a la hora de comercializar los productos.

“Nos preocupa que la gente pueda recurrir a estos dispositivos, en vez de buscar ayuda médica cuando realmente la necesita”, apunta la investigadora.

En ese sentido, los científicos han advertido una carencia general de etiquetado que advierta de los riesgos de estos dispositivos cerebrales de venta directa. Algunos de ellos, mencionan posibles efectos secundarios, sin que haya detrás estudios que analicen su gravedad o frecuencia. Entre esos efectos secundarios, pueden darse:

  1. Irritación de la piel.
  2. Dolores de cabeza.
  3. Náuseas.
  4. Hormigueo.

Beneficios dudosos

Respecto a los beneficios, las compañías hablan de efectos positivos como reducir el estrés, mejorar la calidad del sueño o la cognición, perder peso e incluso mitigar los síntomas de depresión. Sin embargo, existen pocas investigaciones que validen científicamente estos supuestos beneficios de los dispositivos cerebrales de venta directa al público. Aparatos que eluden la revisión de agencias como la Administración de Medicamentos y Alimentos de Estados Unidos (FDA) al comercializarse como productos de bienestar.

De acuerdo con los autores, esto puede suponer un riesgo, sobre todo en colectivos como los menores de edad, aún en desarrollo. “Podría ser necesaria una precaución adicional para el uso de los productos de neurociencia en los ancianos, otra población que puede tener un mayor riesgo de daño potencial”, añade Illes, profesora de Neurología y Neuroética. “La gran noticia es que no cuesta mucho dinero innovar éticamente. Basta con pensar un poco más, enviar buenos mensajes y considerar las posibles consecuencias. Vale la pena que las empresas se tomen el tiempo para hacerlo bien”, concluye.