Es la pregunta que se ha hecho un grupo de investigadores del Laboratorio de Sistemas Complejos de la Universidad Pompeu Fabra (UPF), que propone usar dicha disciplina como medio para indagar los caminos que no ha explorado la evolución a través de un estudio publicado en la revista Integrative Biology.

Tal y como recoge SINC, los científicos han categorizado las estructuras que conocemos de acuerdo a una serie de variables, que conforman el morfoespacio en el que se organizan las estructuras que existen y que saca a relucir las regiones olvidadas por la evolución. Ese morfoespacio está formado por tres ejes: la complejidad de desarrollo, la complejidad cognitiva y el estado físico.

En cuanto a la complejidad de desarrollo, los organismos conocidos van desde mezclas de células no relacionadas entre sí hasta órganos desarrollados por completo (de quimiostatos a el hígado, por ejemplo). La complejidad cognitiva tiene que ver con la capacidad de los órganos para recibir y procesar información (el cerebro tiene un alto grado). Por último, el estado físico se refiere a las fases de la materia para describir la movilidad de los componentes del organoide u órgano en cuestión (la mayoría de las estructuras son sólidas, con excepciones como la sangre, caracterizada por la mayor movilidad de sus componentes).

Una vez definidos estos tres ejes, el morfoespacio permite apreciar un espacio vacío que, según los investigadores, puede ser interpretado de dos maneras. La primera implica que la combinación propuesta en esa región sea inviable. La segunda apunta que dichas combinaciones no son posibles en condiciones naturales, pero podrían serlo a través de biología sintética o ingeniería de tejidos. Ese espacio, por tanto, abre un universo de posibilidades de investigación en este campo.