El proyecto se denomina Cracking the Olfatory Code (descifrando el código olfativo) y tiene un coste de 6,4 millones de dólares. Crimaldi explica que el objetivo es entender si los diversos organismos utilizan el olor de forma distinta para moverse por su entorno o si hay una estrategia similar que relaciona comportamientos. El proyecto involucra a científicos procedentes de 7 universidades.

Para alcanzar el objetivo, el equipo de científicos planea conseguir que los robots sean capaces de oler. Si ya hay tecnologías que imitan otros sentidos como la vista o el oído, la imitación del olfato no puede considerarse tan lejana. El foco hasta ahora ha estado en la exploración de otros sentidos y se han observado sobre todo en humanos y primates.

Esto ha provocado que la sociedad apenas conozca el mecanismo que existe detrás del olfato. Se sabe que hay determinadas neuronas olfativas dentro de la nariz, pero realmente no se sabe qué pasa después. El uso de caninos u otros animales por parte de los cuerpos de seguridad a la hora de buscar bombas o cuerpos atrapados en avalanchas es necesario pues no existen robots que puedan desempeñar esta función.

El primer paso que toma el equipo en su camino a crear un robot capaz de oler es conocer qué aspecto tiene un olor. El olor viaja a través del aire o bajo el agua antes de alcanzar nuestras neuronas olfativas, consideradas sensores. La maquinaria del equipo de Crimaldi permite recrear el comportamiento del olor en el aire, pero lo hace recreándolo en un fluido. La velocidad varía por la viscosidad pero la forma que adopta el olor es la misma.