“La variada heterogeneidad de las LCT sigue siendo un desafío clínico; hasta la fecha no se ha logrado identificar una estrategia de tratamiento eficaz que controle los aspectos de neuroprotección, neuroinflamación y neuro-regeneración”, recuerda Michael D. Lewis, autor principal del estudio.

“Esto puede deberse al hecho de que la mayoría de las intervenciones se dirigen a una sola cascada bioquímica en lugar de a los múltiples mecanismos de la lesión”, sugiere el investigador, quien aboga por el consumo temprano de dosis óptimas de n-3FA, incluso a modo profiláctico.

“El viejo refrán, ‘eres lo que comes’ es cierto en este caso”, bromea Lewis, “la composición de las membranas de células neuronales se refleja directamente según la ingesta dietética de n-3FA y n-6FA; la proporción entre ambas afecta a las funciones fisiológicas del cerebro, a la permeabilidad celular y la fluidez de la membrana sináptica”, apunta.

“Por desgracia, las ingestas dietéticas occidentales de hoy en día dan lugar a una ingesta dominante de n-6FA, lo que crea una deficiencia relativa de modulación inmune-n-3FA”, lamenta el científico aludiendo a una de las fuentes más comunes de n-6FA: el aceite de soja, cuyo consumo per cápita se ha multiplicado por 1.000 en tan las últimas décadas.

Por el contrario, las propiedades antiinflamatorias de ácidos grasos omega-3 aparecen reflejadas en 3 casos concretos que recoge el paper: el único superviviente tras un accidente minero, un adolescente con lesión cerebral traumática severa y lesión axonal difusa tras un accidente de tráfico y una niña con graves lesiones cerebrales tras un ahogamiento.

“Es bien reconocido que los n-3FAs no son un medicamento ni una cura y que cada situación es diferente”, admite Lewis, “pero, puesto que existen evidencias de seguridad y tolerabilidad, no hay desventajas al proporcionar niveles óptimos de nutrición a un paciente lesionado”, concluye.