“La vida no es como la has visto en el cine, es más difícil”, dice el personaje del anciano Alfredo en la película de Giuseppe Tornatore, Cinema Paradiso. “Dejadme estar cansado cuando quiera estar cansado”, pide el viejo Fred en la versión de 2014 de Elsa & Fred. Son los fotogramas que utilizó el pasado lunes la investigadora del CIBER de Fragilidad y Envejecimiento Saludable (CIBERFES), Marta Checa, para inaugurar las charlas BiomediCine, sobre salud y ciencia en la gran pantalla, y dar comienzo a su ponencia sobre envejecimiento saludable.

“En las películas, los ancianos son representados o bien como personas que miran hacia atrás y se plantean su vida o como el guía de un protagonista más joven”, reflexiona la divulgadora científica Ángeles Gómez, presentadora del evento al que acudió MedLab.email con motivo de la Semana de la Ciencia de Madrid. Menos frecuente es ver a un anciano representado con ilusiones a pesar de su edad, aunque existen ejemplos como los personajes de Morgan Feeman y Diane Keaton en la comedia romántica Ático sin ascensor.

Estos últimos son, precisamente, los protagonistas que le interesan a Checa, geriatra del Hospital Universitario de Getafe. “Envejecer es un éxito si tenemos en cuenta que la alternativa es morirse”, dice la ponente; por eso “es necesario darle un matiz positivo a la geriatría y no ver la vejez como algo necesariamente malo, como un final donde no queda nada”. Para lograr una vejez que merezca la pena ser vivida, el futuro anciano -es decir, cualquiera- debe aprender a envejecer correctamente.

Una forma de despertar el interés por unos hábitos de vida saludable es mostrar a la población cómo se sentirá en su tercera edad si no se cuida. Para recrear esta edad y sus achaques, el hospital de Getafe ha adquirido un traje simulador del envejecimiento que restringe el movimiento, merma las capacidades sensoriales y de equilibrio, dificulta la audición y simula enfermedades oculares típicas de la edad.

“El propósito es fomentar la empatía, no solo de los ciudadanos sino también del propio personal sanitario que debe atender a los mayores”, explica Checa mientras una voluntaria experimenta cómo se sentirá a los 85 años. “También pretendemos concienciar de que, si se trabaja, se puede lograr que este traje que ahora pesa entre 10 y 15 kilos, pese solo 8 o 9 cuando lleguemos a la tercera edad”, ejemplifica. Para lograrlo, la geriatra y su equipo proponen programas de ejercicio físico dirigidos a los pacientes con síndrome de fragilidad.

“Esta condición afecta a ancianos que no están ni muy bien ni muy mal”, explica, “son pacientes que viven de forma independiente pero que, cuando ingresan en un hospital por una caída o una infección, pueden empezar a perder masa muscular y recibir el alta siendo totalmente dependientes”.

La experta en envejecimiento y fragilidad considera que tener un gimnasio adecuado a estos pacientes en todos los hospitales “sería mucho más efectivo que una pastilla milagrosa”. No obstante, reconoce, “para eso hace falta mucha inversión”. La alternativa que propone Checa es detectar, a nivel sanguíneo, qué pacientes con síndrome de fragilidad van responder mejor a estos tratamientos de ejercicio físico.