A pesar de la creciente capacidad de penetración de los ultrasonidos, la exposición prenatal a este tipo de exámenes no puede asociarse con el diagnóstico tardío de trastornos del espectro autista (TEA), según ha concluido un estudio de los departamentos de Pediatría, Ginecología y Neurología del Boston Medical Center, el Benioff Children’s Hospital, el Puerto Rico Children’s Hospital y el Floating Hospital for Children.

Según informan los autores en el Journal of the American Medical Association, numerosos estudios en animales han mostrado que la exposición a ultrasonidos puede afectar negativamente a la migración neuronal. Observaron también que la prevalencia del TEA en humanos se había incrementado de forma simultánea al uso de la ultrasonografía prenatal. En este contexto, los autores se propusieron averiguar si el uso de ecografías podía ser uno de los factores ambientales que, junto a la genética, predisponen al desarrollo de TEA.

Para ello, reclutaron a 420 sujetos pediátricos (328 niños y 92 niñas) con una edad media de 6,5 años, de los cuales 107 padecían TEA, 104 tenían retraso en el desarrollo y 209 formaban el grupo de control. Mediante los registros prenatales de cada paciente, N. Paul Rosman y su equipo analizaron la frecuencia, el tiempo y el momento de exposición según el trimestre de embarazo, la duración y la penetración y potencia media del ultrasonido prenatal.

Según recoge el texto, la media de exploraciones no difirió significativamente entre los grupos (5,9 en el grupo de TEA, 6,1 en el grupo con retraso en el desarrollo y 6,3 en el grupo de control); sin embargo, la duración de la exposición prenatal a ultrasonidos fue menor en el grupo de TEA en comparación con el grupo de control (290,4 frente a 406,4 segundos, durante el primer trimestre y 1.687,6 contra 2.011,0 segundos, en el segundo trimestre de embarazo).  

En comparación con el grupo de retraso en el desarrollo, el grupo con TEA experimentó una mayor penetración media de los ultrasonidos en el primer trimestre (12,5 contra 11,6 cm). En comparación con el grupo de control, la penetración en el grupo de TEA fue superior en ambos trimestres (12,5 frente a 11,6 cm, en el primero y 12,9 frente a 12,5 cm, en el segundo). Con estos datos, Rosman concluyó que los niños con TEA habían estado expuestos a una penetración de ultrasonidos más profunda.

No obstante, no hallaron pruebas de la asociación entre el trastorno y el número de escaneos o la duración de la exposición prenatal a ultrasonidos. “A medida que aumenta la profundidad ecográfica, la frecuencia y la fuerza de las ondas disminuye, pero el volumen de tejido fetal expuesto a la energía ultrasónica aumenta porque la energía de las ondas se disipa en forma de cuña”, explica Rosman. Es decir, el aspecto dañino de la exposición prenatal a ultrasonidos podría hallarse en la profundidad y no en la frecuencia.

“Es más probable que la ultrasonografía de mayor profundidad altere la migración subependimaria o de la matriz germinal que las células corticales cerebrales más superficiales del cerebro en desarrollo”, considera el pediatra y neurólogo, quien también ha considerado la influencia de factores socioeconómicos en estos resultados. Por ejemplo, era más probable que las madres de los niños con TEA tuviesen 35 años o más en el momento de registro, un estatus socioeconómico más bajo o dificultades en el acceso a la atención prenatal.