El linfoma afecta cada día a más pacientes mayores. Concepción Boqué, del Instituto Catalán de Oncología (ICO), explica que “dado el aumento de la edad en la población general, se estima un incremento del 65% en la incidencia de la enfermedad hacia 2030”. Por este motivo, deben realizarse nuevos estudios ajustados a los perfiles actuales del paciente con linfoma: “Hasta la actualidad, los ensayos clínicos se vienen realizando en población joven, extrapolándose los resultados de eficacia y tolerancia a los pacientes de edades más avanzadas”.

Además, “hace falta dotar a los hematólogos de herramientas que midan, de una forma objetiva, la robustez de los pacientes antes de afrontar un tratamiento agresivo para no incurrir en infratratamientos por miedo a las toxicidades”.

En relación a la comorbilidad, las escalas permiten al clínico medir y evaluar el contexto y condiciones particulares en las que se encuentra cada paciente y que influyen en su supervivencia o reserva funcional. Estas escalas “se utilizan para conocer si un paciente puede tolerar un determinado tratamiento o procedimiento médico, y siempre deben tenerse en cuenta, dado que pueden condicionar la selección de determinados medicamentos y/o ajuste en las dosis”, recalca Concepción Boqué.

Por otra parte, la supervivencia en los linfomas agresivos va ligada a la intensidad del tratamiento, pero “conocer aquellos elementos relacionados con la edad y las comorbilidades antes de indicar un tratamiento agresivo es importantísimo” pues “solo en los pacientes con fragilidad irreversible se recomiendan tratamientos paliativos; en aquellos cuya fragilidad es reversible se deberían indicar tratamientos ajustados y medidas de soporte geriátricas específicas”.