El pueblo indígena más afectado por el virus es el awajún. Según el Ministerio de Salud, un 44% de los nativos infectados falleció entre 2006 y 2014. “Aquí muchos asocian el VIH con la brujería y eso impide que busquen o acepten el tratamiento”, señaló la obstreta Gladys Castillo, del centro de salud de la comunidad de Yutupis, en la provincia Condorcanqui, la más pobre y con mayor población indígena de la región.

Castillo detalla que uno de sus últimos pacientes diagnosticados no quiere continuar con el tratamiento porque prefiere tomar “unas hierbas” y buscar un brujo “para que le cure el daño”.  Para el antropólogo Rodrigo Lazo, consultado por “Ojo Público”, el principal problema no es el tema cultural, “sino que el Estado no ha logrado diseñar una forma correcta de informar sobre el VIH a los pueblos originarios y, sobre todo, de garantizar tratamiento antirretroviral”.

La distancia geográfica es otro gran obstáculo, ya que las muestras de sangre de los pacientes tardan mucho en llegar a los laboratorios de Lima para, al igual que la confirmación de la enfermedad y el envío de medicamentos. Para entonces, los indígenas retornan a su comunidad y, en la mayoría de casos, no regresan a los centros médicos.

En Condorcanqui, a la epidemia del VIH se le suma otras crisis: la tasa de mortalidad materna infantil es la más alta del país. Un 20% de las mujeres embarazadas son adolescentes, y un 80% de las gestantes tiene anemia. Durante los últimos años, los casos de suicidio e intento de suicidio han aumentado en indígenas. En todas las provincias de la Amazonía peruana con población indígena existen casi 9.000 casos de VIH y más de 1.000 de sida.