“El secreto médico tiene una historia tan larga como la de la propia medicina”, asegura Benjamín Herreros. El internista y vocal de la Comisión deontológica del Ilustre Colegio de Médicos de Madrid (ICOMEM) ha desgranado la cronología del secreto profesional a través de La Red (1995, Irwin Winkler). La película, protagonizada por Sandra Bullock, ha servido de hilo conductor durante la cuarta sesión del V Seminario sobre Medicina y Cine, a la que acudió MedLab Media Group.

“En sus orígenes, el secreto hipocrático era una promesa entre médicos para no enseñar la profesión a nadie que no fuese discípulo; es decir, el secreto médico empezó como algo sectario”, explica Herreros, “no fue hasta el siglo XVIII cuando empezó a entenderse como una discreción y una muestra de respeto hacia el enfermo”. No ha sido hasta los últimos decenios cuando esa deferencia hacia el paciente se ha convertido en una obligación moral. No obstante, “el secreto médico no es el eclesiástico; es poroso y, a veces, se puede romper”, matiza Herreros.

“El secreto médico está muy ligado al concepto de intimidad”, sugiere la doctora Concepción Bonet, “la intimidad es un constructo, antes de no existía, pero ahora es tan importante que la sociedad la ha convertido en uno de sus pilares y el secreto médico ya no es tanto un deber del médico como un derecho del paciente”, opina.

“La confidencialidad es un valor instrumental para establecer una relación de confianza ya que, si el médico no dispone de información verdadera, ni el diagnóstico ni el tratamiento van a ser los adecuados”, interviene Enrique Olivares, especialista en Cirugía Plástica y Medicina Legal en el Instituto de Ética Clínica Francisco Vallés. Sin embargo, en los últimos decenios, el secreto médico ha sufrido una nueva vuelta de tuerca: “Ya no es una cuestión de persona a persona, sino un asunto público”, sentencia Herreros.

Diagnosticando a Trump

“Hace relativamente poco un psiquiatra diagnosticó en televisión a un personaje público, que no era su paciente”, ejemplifica Herreros. ¿Es lícito manifestar una opinión profesional públicamente sobre un sujeto al que no se está tratando? ¿Debe el médico comunicar lo que considera una cuestión de Salud Pública aún a riesgo de crear alarma? “En EE. UU. este debate ha tomado mucha fuerza con los diagnósticos mediáticos al presidente Donald Trump”, recuerda, “muchos psiquiatras han defendido esta postura alegando que se trataba de un servicio público o de denuncia”.

En la película elegida por el ICOMEM, es el ministro de defensa de los EE.UU. el recibe una notificación manipulada y decide suicidarse convencido de que padece sida. Mientras, la analista de software Angela Bennett accede casi por error a las bases de datos más importantes de los EE. UU. así como a información secreta de su gobierno. El personaje interpretado por Sandra Bullock ve como los datos sobre su vida que figuran en la web son tergiversados o suprimidos hasta el punto de poner en peligro su propia seguridad.

https://youtu.be/FBiRZKqry_k

Datos médicos: "el mercado negro existe"

“El mercado negro existe y, en él, los datos médicos valen hasta 10 veces más que los de cualquier tarjeta de crédito”, advierte Olivares, “el año pasado, el proveedor de seguridad Kaspersky detectó (fuera de España) más de 1.500 dispositivos de diagnóstico por imagen con acceso abierto”. Sin embargo, no es necesario acudir a la tecnología para encontrar fallos en el secreto médico; “parece una tontería, pero nosotros mismos somos hackers potenciales”, reflexiona el cirujano recordando el caso de la enfermera juzgada por revelar los antecedentes médicos de la expareja de su hija.

No obstante, la revelación del secreto médico no siempre va unida al dolo. “No somos conscientes de la cantidad de cosas que hacemos y que pueden vulnerar nuestra privacidad o la de otros”, advierte M.ª Jesús Pascual, representante del Área de Salud del Ayuntamiento de Madrid. “Contar un caso, con nombre y apellidos, mientras tomas el café con los compañeros también es una falta; no vale el argumento de que todos están obligados a guardar el secreto profesional”, señala Bonet quien, recientemente, fue testigo de la denuncia a una médico que, por el calor, pasaba la consulta con la puerta abierta.

Muchas veces estos errores humanos vienen acompañados por pequeños fallos en las estructuras de internas de comunicación. “Antes, a los episodios privados de los historiales solo tenía acceso el médico que los había abierto”, recuerda Bonet sobre unos datos que, hoy por hoy, son accesibles a menos que se especifiquen como “no imprimibles”. Este punto del debate logra dividir a los espectadores del cinefórum: lo que para unos es una hipocresía o un obstáculo en la práctica clínica, para otros es una deferencia hacia el paciente.

Investigación vs. derecho al olvido

“Insistimos en el principio de confidencialidad cuando vivimos en la sociedad con menos confidencialidad de la historia de la humanidad”, destaca un espectador, “estamos judicializándolos hasta el punto en que un residente ya no podrá ni ver nuestras notas”, considera. “Hay mucha información que parece irrelevante pero no lo es”, secunda una radióloga entre el público, “si esa información está en la historia clínica es que es importante”, defiende. En el bando contrario, Olivares defiende el derecho al olvido.

“La idea es que el paciente no arrastre toda su vida el capítulo de unas ladillas si de lo que va a ser tratado es de una presbiacusia”, bromea el especialista, “si el médico de Atención Primaria se toma un momento para señalar los datos no imprimibles, evita sobreinformar al oftalmólogo o al otorrinolaringólogo al que deriva al paciente”. Por su parte, la doctora Pascual se plantea si este derecho al olvido podría dificultar los estudios epidemiológicos y de salud pública. “La ley de protección de datos está hecha para otros sectores”, responde un espectador,” si la interpretamos al pie de la letra la investigación clínica va a estar avocada al fracaso”.

Tras esta cuarta sesión de cine -la primera fue Del revés (Peter Docter, 2015),  la segunda Mi vida sin mí (2003, Isabel Coixet) y la tercera Efectos secundarios (2013, Steven Soderbergh)- ICOMEM exhibirá otras 6 películas relacionadas, cada una, con un capítulo del Código de Deontología. La siguiente proyección, Las normas de la casa de la sidra (1999, Lasse Hallström) versará sobre la objeción de conciencia.