Las recomendaciones que se hacen sobre el tiempo de espera desde que se bucea hasta que se vuela son muy variadas. Ese tiempo, crucial para evitar problemas de descompresión debidos a la despresurización de la cabina, solo estaba basado en teorías hasta ahora.

El primer taller Flying After Diving organizado por la Undersea and Hyperbaric Medical Society se llevó a cabo en 1989.  Sus directrices no eran muy restrictivas, según DAN, y se hacían para mejorar la seguridad en el buceo. Entre 1992 a 1999, DAN siguió a más de 500 personas en 800 simulaciones en el Laboratorio Frank Gregory Hall, del Centro Médico de la Universidad de Duke.

2 investigadores, Danilo Cialoni y Massimo Pieri tuvieron la idea en 2011 de implicar al departamento de Investigación de DAN Europe en un proyecto para obtener ecocardiografías directamente durante un vuelo procedente de un crucero de buceo para observar lo que sucedía en el cuerpo de un buceador durante el vuelo.

La monitorización de los ecocardiogramas constó de 4 fases de control. La primera que se hizo fue cuando el buceador aún no había hecho ninguna inmersión, lo que fue muy útil para conseguir datos no influidos por la exposición hiperbárica y determinar la denominada “ventana ecocardiografía”.

En la segunda fase, se hicieron electrocardiografías después de cada inmersión. Cada vez que un buceador volvía a la superficie, se sometía a pruebas médicas diversas. Las inmersiones se hacían dentro de la curva de seguridad, ascendiendo a la superficie a la velocidad correcta, y con una parada de seguridad de 3 minutos a 5 metros de profundidad. Ninguno de los buceadores había sufrido nunca una enfermedad por descompresión.

La tercera fase se hizo en el aeropuerto, donde se realizaron ecocardiogramas a los buceaores, justo antes de embarcar en el avión, pasadas ya 24 horas. En la fase final, durante el vuelo de regreso, todos los buceadores fueron monitorizados con el eco doppler cardiaco, a los 30, 60, y 90 minutos exactamente, después de que el avión hubiese alcanzado su altitud de crucero.

Alessandro Marroni ha declarado que, al estudiar la fisiología del cuerpo mientras se bucea, aplicaron algoritmos matemáticos. También señaló que estaban intentando abrir un camino para intentar esos algoritmos se adaptasen al organismo mediante la incorporación de parámetros sencillos.

Alargar el tiempo de espera antes de volar

En el vuelo de salida no se observaron burbujas en ninguno de los buceadores del estudio. Esta prueba era importante demostrarla porque si se hubieran detectado burbujas en el vuelo de vuelta, habrían sido producidas por una combinación del buceo y la despresurización en el vuelo.

También se demostró que los vuelos de larga duración no implicaban más riesgos que los de media debido a la presurización de las aeronaves. En el examen de los buceadores antes del viaje de vuelta, se estimó que un intervalo de 24 horas mientras se está a nivel del mar, implicaba el suficiente tiempo de espera como para que no se formasen burbujas.

Los participantes se dividieron en 3 categorías: los que no tenían burbujas, los que en desarrollaban burbujas a veces y que desarrollaban burbujas tras cada inmersión.

Después de un intervalo de 24 horas, la mayor parte de los buceadores no desarrolló burbujas en vuelo de vuelta, pero los que eran propensos a tener burbujas sí. Por esta razón, dice el estudio, se recomienda a los que pertenecen a esta categoría que esperen todo lo posible antes de volar.

A 2 de los participantes que eran propensos a tener burbujas se les aconsejó no hacer su última inmersión y esperar 36 horas antes de volar. Por el contrario, a los que desarrollaban burbujas fácilmente, se les sugirió esperan 24 horas. El departamento de investigación de DAN recomienda la respiración de oxígeno normobárico como medida preventiva.