Dadas las condiciones particulares que se producen en la cabina de un avión, parecería lógico pensar que las comunidades bacterianas que lo habitan fuesen diferentes a las que se encuentran en ámbitos terrestres, sin embargo, un reciente estudio del Georgia Institute of Technology y la Universidad Emory ha demostrado que, tal como sucede en cualquier otro entorno ocupado por humanos, los aviones están poblados principalmente por bacterias ambientales y derivadas de la boca y la piel.

Para llegar a esta conclusión, los investigadores analizaron la composición del aire en la parte trasera de la cabina, así como las comunidades bacterianas alojadas en las bandejas, las hebillas de los cinturones de seguridad y los pomos de las puertas del lavabo. Las 229 muestras fueron recogidas antes y después de 10 vuelos transcontinentales y estudiadas mediante técnicas de secuenciación avanzada.

Según los resultados que publica la revista Microbial Ecology, la comunidad bacteriana de los aviones resultó estar compuesta principalmente por los géneros Propionibacterium, Burkholderia, Staphylococcus y Strepococcus oralis; los habituales en zonas ocupadas por seres humanos. “Los pasajeros no deben creer las historias sensacionalistas sobre los gérmenes de los aviones”, asegura Vicki Stover, autora principal del texto, “la comunidad bacteriana en cabina no es ni mejor ni peor que la de cualquier vagón de metro o edificio de oficinas”, sentencia.

El muestro sí encontró variaciones significativas entre las comunidades bacterianas de cada avión, independientemente de las condiciones pre y postvuelo; sin embrago, “estos cambios también se producen entre los vagones de un tren”, señala el autor Howard Weiss. Aunque la comunidad bacteriana hallada en los aviones sea similar a la terrestre -o precisamente por ello- es aconsejable mantener las mismas precauciones y medidas de higiene que se recomiendan en otros entornos: vacunarse, lavarse las manos y evitar tocarse la cara.

En fases previas de este mismo estudio, los autores trataron de definir las posibles rutas de transmisión de ciertos virus respiratorios, como la gripe, en vuelos comerciales teniendo en cuenta los patrones de movimiento y contacto de pasajeros y tripulación. En este entorno, los pasajeros pueden pasar entre 4 y 5 horas sentados a muy poca distancia entre sí y respirando una mezcla seca y filtrada de aire exterior y de cabina.

Los resultados, publicado en la revista Proceedings, concluyeron que un pasajero con gripe no podría transmitir la infección más allá de 2 asientos laterales y una fila hacia delante o hacia atrás. Tras estos hallazgos, los autores ya se plantean estudiar las comunidades bacterianas de vuelos internacionales de larga distancia, salas de embarque y otras zonas aeroportuarias.