Frente a estas evidencias, y de cara a las próximas misiones tripuladas a Marte, en 2030, el NASA Translational Research Institute se plantea cuáles son los datos más relevantes y la mejor forma de proteger a sus astronautas de posibles dolencias cardiovasculares durante los vuelos espaciales de larga duración.

Tras examinar los certificados de defunción de los 8 astronautas ya fallecidos, entre los 24 que tripularon las misiones del Apolo, los autores del mencionado estudio hallaron que 3 de ellos habían perecido a causa de problemas cardiovasculares. Esto supondría una tasa de riesgo entre 3 y 4 veces superior a la de aquellos que volaron únicamente en órbita terrestre baja.

Concretamente, los astronautas del Apolo fallecidos por problemas cardiacos suman un 43% del total de difuntos, según recoge el paper. En contraste con estos sujetos, solo el 11% de los que volaron en misiones de órbita baja y el 9% de los que nunca entraron en vuelo, murieron por las mismas causas.

Durante este mismo estudio, se examinaron los efectos de la ingravidez y la radiación intensa en ratones durante un periodo equivalente a 20 años humanos. De esta forma, los autores hallaron que era la radiación y no la ingravidez, la que dañaba las arterias de los sujetos animales.

“Son unos resultados sorprendentes; no creo que nadie esperase tasas tan diferenciadas entre unos y otros”, afirma Michael D. Delp, decano del College of Human Sciences, de la Florida State University, y autor del estudio financiado por la propia NASA. Sin embargo, ya se han alzado voces críticas contrarias al decano que aluden, por ejemplo, al pequeño tamaño de la muestra de estudio.

Resultados ¿alarmantes o infundados?

“Las conclusiones carecen de fundamento y los datos son de poca utilidad para la comprensión de este problema”, zanja el profesor de cardiología del UT Southwestern Medical Center y asesor de cirujanos de vuelo de la NASA, Benjamin Levine. En opinión del representante del Council on Clinical Cardiology (CLCD) de la American Heart Association (AHA), el estudio “envía un mensaje demasiado negativo” para aquellos que esperan pisar Marte.

Levine ha defendido además que “la seguridad de las personas que viajarán a Marte es un tema muy importante que no puede hallar respuesta en estudios sobre un pequeño número de astronautas retirados”. Aunque Delp ya ha reconocido estas y otras limitaciones de su estudio, advierte de que “los resultados no deben ser ignorados”.

El investigador ha manifestado que espera “seguir trabajando con la NASA para poder acceder a nueva información sobre la salud de los astronautas y así llevar a cabo más investigaciones científicamente rigurosas”. Se trata, según Delp, de tener “un poco de precaución respecto a los resultados obtenidos; debemos ahondar en lo que está sucediendo”.

Por su parte, el NASA Translational Research Institute ha asegurado que “se buscarán las tecnologías necesarias resolver los riesgos de ir al espacio; evidentemente no queremos que ningún astronauta sufra un ataque al corazón o un derrame cerebral”, asegura Graham Scott, profesor del Center for Space Medicine del Baylor College of Medicine (BCM) y director del National Space Biomedical Research Institute (NSBRI), patrocinado por la NASA.