“La falta de peso es un acelerador”, señala el profesor Ed Kelly en un comunicado, en el que explica que en la Estación Espacial Internacional los problemas renales son comunes y se desarrollan en semanas, en lugar de en décadas. El proyecto tiene como objetivo saber más sobre ese proceso.

“Al estudiar el riñón en un chip después de varias semanas en el Espacio, esperamos aprender más sobre cómo se desarrollan los cálculos renales, la osteoporosis u otras enfermedades renales, lo que puede conducir a avances en el tratamiento y la prevención”, añade el investigador.

La primera fase del proyecto consiste en medir los efectos de la ingravidez en células sanas; 18 meses más tarde comenzará la segunda fase, que busca realizar mediciones en células enfermas. Después de esa etapa, los astronautas enviarán los dispositivos de vuelta a la Tierra para que lo analicen en la universidad estadounidense.

El riñón en un chip contiene una muestra de células vivas de riñón humano, que se usarán para probar fármacos. Este sistema ofrece un método seguro, preciso y no invasivo, que evita ensayos en personas y otros animales.

“El uso de un riñón en un chip aquí en la Tierra ya nos ha enseñado mucho sobre la función renal y enfermedades renales”, apunta Jonathan Himmelfarb, para quien este estudio podría mejorar potencialmente la salud de las personas que viven en la Tierra, así como prevenir las complicaciones médicas que experimentan los astronautas como consecuencia de la ingravidez.