“La mayoría de las intoxicaciones con analgésicos entre menores de 10 años se producen por accidente, porque los niños ingieren las patillas creyendo que son caramelos”, explica la investigadora principal, Julie Gaither. Entre los más mayores, especifica “la mayoría intentaban drogarse, aunque también se cuentan algunos intentos de suicidio”.

OxyContin, Percocet y Vicodin son los medicamentos más utilizados por ambos grupos, y su uso se ha extendido hasta provocar un aumento de intoxicaciones del 205% en niños de entre 1 y 4 años. Así mismo, el incremento fue del 176% entre adolescentes de 15 a 19 años. El consumo de otras sustancias, como la heroína o la metadona, ha crecido en un 161 y un 950% respectivamente.

"La crisis de opiáceos nos afecta a todos”, sentencia la investigadora. “Se trata de una epidemia y debemos prestar más atención al impacto que está teniendo en los niños”, advierte. El número de recetas para adultos se ha disparado, lo que supone la presencia de opiáceos en millones de hogares estadounidenses”.

Para evitar la exposición de los menores a estas sustancias, y disuadirles de su uso como drogas recreativas, Gaither recomienda “limitar el acceso a los medicamentos y deshacerse de las patillas sobrantes”. Sin embargo, advierte, ciertas restricciones también están ocasionando el aumento del consumo de heroína.

“Los adolescentes están recurriendo a esta droga a medida que el acceso a las recetas de analgésicos narcóticos se está restringiendo. El coste de esos fármacos aumenta y los jóvenes buscan algo más barato y fácilmente disponible”, explica. “Cerca de un millón de chicos desde los 12 años sufren un trastorno de abuso de sustancias”, recuerda la experta.

Tras analizar 13.000 expedientes hospitalarios de varios centros pediátricos entre 1997 y 2012, Gaither y sus colaboradores han concluido que sólo el 1% de estos pacientes llegó a fallecer durante la hospitalización, que el 74% de los pequeños eran de raza blanca y el 49% estaban cubiertos por un seguro privado.

Opiáceos para los dolores y la depresión

El hecho de que los padres o tutores tengan acceso a analgésicos narcóticos ya supone un peligro; sin embargo, lo es aún más “si tienen en su hogar a un adolescente deprimido”, señala la directora de investigación del Departamento de Emergencias del Nicklaus Children Hospital, Bárbara Pena. "Cuando se mezcla a un adolescente que toma opiáceos con una depresión, se mezclan 2 cosas potencialmente peligrosas”, insiste.

Por otro lado, muchos niños y adolescentes deben usar estos medicamentos para paliar su sufrimiento; ejemplo de ello son los menores que “sufren un dolor crónico por afecciones como el lupus o la anemia drepanocítica”. Los padres deben entender los límites, apunta Pena, “a veces los fármacos pueden ser necesarios, pero administrar opiáceos a un niño con dolor de espalda es ridículo”.

En ambos casos, la experta ofrece soluciones como “la aplicación de calor en la zona dolorida o el suministro de antiinflamatorios no esteroides, que funcionan igual de bien pero no causan dependencia”, sugiere. No es necesario recetar analgésicos narcóticos como terapia de primera línea, dice, “los padres deben incluso cuestionar al médico cuando este recete un narcótico si un no narcótico también podría funcionar”, concluye.