“La mayoría de riesgos asociados a la enfermedad pueden controlarse”, señala el especialista en un comunicado.

“Hay que tener especial precaución con determinados deportes, como pueden ser los de agua, en cuyo caso es necesario contar con la vigilancia constante de un adulto para reducir el riesgo de ahogamiento en caso de que se produzca un ataque de epilepsia”, añade el experto, que descarta los deportes de inmersión.

Tampoco son recomendables los deportes de colisión, ya que pueden aumentar el riesgo de convulsiones secundarias.

En ese sentido, aclara la diferencia entre deportes de colisión y deportes de contacto. Los primeros, como el rugby o el hockey sobre hielo, se basan en el contacto directo con el contrario; en los segundos, como el béisbol o el baloncesto, puede haber contacto, pero este no es la base del juego.

De acuerdo con el neurólogo, lo fundamental para determinar si determinado ejercicio físico es aconsejable es tener en cuenta la frecuencia de los ataques epilépticos.  “En caso de ser alta, debe contar con supervisión”, apunta Ojeda, según el cual el médico debe informar al entrenador para reducir riesgos en caso de que se produzcan convulsiones.

También es útil para realizar el ejercicio físico de forma segura, dice el experto, que el deportista elabore “un diario personal en el que anote factores asociados que le puedan ayudar a reconocer un ataque”. El control de la medicación durante el entrenamiento es igualmente básico.

“Participar en deportes organizados proporciona muchos beneficios físicos y psicológicos a los pacientes con epilepsia y es seguro incorporarlos en su vida con el control adecuado del neurólogo”, concluye el especialista.