Para sostener estas afirmaciones, el equipo científico monitorizó los cambios en la osteoprotegerina (OPG) y la esclerostina de los miembros del equipo femenino de remo de los Juegos Olímpicos de 2016. Tal como señalan los autores en una nota de prensa de la American Physiological Society (APS), todas las deportistas entrenaban una media de 18 horas semanales, por lo que el grupo presentaba una alta incidencia de fracturas y un riesgo elevado de pérdida de DMO.

Tras 9 meses de seguimiento, las imágenes de absorciometría de rayos X de doble energía, antes y después del entrenamiento, no mostraron ningún cambio en cuanto a la DMO. Sin embargo, los análisis de sangre evidenciaron que la proteína encargada de detener la pérdida mineral ósea había disminuido significativamente, mientras los niveles de la proteína que inhibe la formación de hueso nuevo fluctuaban según el grado de exigencia del entrenamiento.

Es decir, los niveles de esclerostina subían con los ejercicios de mayor intensidad. “La actividad deportiva también incrementa la inflamación del cuerpo, y se cree que esta, a su vez, aumenta la expresión de OPG”, señala Nigel Kurgan, primer autor del estudio. Por todo ello, concluye, “un entrenamiento muy intenso, sin un periodo adecuado de recuperación, puede dar lugar a aumento de la inflamación y a la posterior reabsorción ósea”.