Según el estudio, publicado en la revista Archives of Ophthalmology, las anomalías en el movimiento ocular o en el tamaño de la pupila podrían ser indicadores válidos a la hora de diagnosticar lesiones cerebrales que se parezcan asintomáticas.

Keisuke Kawata, Leah H. Rubin, Jong Hyun Lee y Thomas Simautores, autores principales del estudio, han realizado un seguimiento prospectivo de los futbolistas de 29 asociaciones atléticas colegiadas en el ámbito nacional. Una de las divisiones estudiadas era de futbol sin contacto y otras 4 de futbol americano.

Los individuos estudiados fueron divididos entre aquellos con un número “reducido” de impactos craneales, menos de 7, y los que habían sufrido más de 22 lesiones. Estas cantidades se registraron mediante protectores bucales “inteligentes” biométricos capaces también de medir la intensidad del golpe.

Durante el seguimiento, de pretemporada y temporada, se llegaron a registrar 1193 impactos en las cabezas de los jugadores, entre los cuales no hubo grandes diferencias cinemáticas. Sin embargo, en el grupo que había sufrido mayor cantidad de impactos si se pudo observar una actividad oculomotora anormal conocida como “punto cercano de convergencia” (NPC)

El NPC se produce cuando los músculos no son capaces de alinear correctamente el globo ocular para enfocar la visión de un objeto cercano. Incluso cuando los impactos no eran lo suficientemente fuertes como para causar una conmoción cerebral, los jugadores reportaron padecer estos síntomas de visión borrosa o doble.

Así mismo, el texto pone de relieve la vulnerabilidad del sistema oculo-motor y su lenta recuperación tras impactos repetitivos, aunque los autores reconocen que esta tardanza en la mejoría podría deberse a la práctica diaria de ese deporte, acumulando un nuevo golpe sin que se haya curado aun el anterior.

Cuando acabó la temporada futbolística los síntomas comenzaron a remitir, pero, tal como advierten los autores no hay garantía de que la patología no reaparezca dentro de 20 o 30 años.