Los investigadores han llegado a esta conclusión tras analizar los casos de más de 12.200 trabajadores agrícolas del este de Washington que habían reclamado compensaciones laborales entre los años 2000 y 2012 por daños traumáticos sufridos durante las jornadas de trabajo. Así mismo, se trata del primer estudio epidemiológico que ha utilizado datos térmicos vinculados a la ubicación geográfica donde se produjeron las lesiones.

Tal como publica la revista especializada Plos One, la conexión entre el calor y el riesgo de traumatismos se hizo evidente al comparar los parámetros aproximados de temperatura y humedad que se dieron en un mismo lugar de trabajo durante los días con lesionados y durante los días en que no se produjo ningún daño. La máxima diaria entre mayo y septiembre, durante el periodo de estudio fue de 82,2 grados centígrados, llegando en ocasiones a los 100.

Los trabajadores agrícolas no solo se enfrentan a una exposición prolongada al calor en estas situaciones, sino también a un estrés que les obliga a trabajar más rápido y más duro, tal como explica la autora del estudio y experta en Salud Ocupacional, June T. Spector. La científica alude, por ejemplo, a los esquemas de pago por pieza recolectada que animan a los empleados a realizar trabajos físicamente exigentes a un mayor ritmo.

Los resultados de esta frenética actividad pueden ir desde un sarpullido por calor hasta fatiga, deshidratación, falta de concentración, pérdida del equilibrio y, finalmente, algún tipo de lesión traumática por caída o manipulación de maquinaria pesada. Por todo ello, el estudio del SHARP pretende reforzar la importancia de la prevención, especialmente entre poblaciones de alto riesgo como el caso de los agricultores.