El ritmo circadiano (reloj biológico interno) marca los horarios en los que debemos dormir y alimentarnos. Numerosos estudios han demostrados las consecuencias que puede tener la alteración del horario de sueño en la salud. Sin embargo, la investigación sobre las repercusiones del ciclo circadiano en la comida es todavía escasa.

Así, comer con horarios irregulares podría incrementar el riesgo de padecer el ‘síndrome metabólico’, es decir, desarrollar enfermedades como diabetes tipo 2, obesidad o hipertensión arterial, tal y como muestran dos estudios realizados por investigadores del King´s College de Londres, la Universidad de Newcastle, la Universidad de Surrey y el Instituto Nestlé de Ciencias de la Salud en Lausana, Suiza.

El primer estudio comparó los hábitos alimentarios de los países anglosajones y de los mediterráneos. Entre las principales diferencias, se encontró que, en los países mediterráneos, como Francia, las comidas tienen un componente más social. Mientras que, en aquellos de lengua anglosajona, como Reino Unido y EE.UU., la comida se centra en ingerir las calorías suficientes.

Debido a estos conceptos tan distintos, los mediterráneos tienden a realizar su comida principal a mediodía y en compañía (preferentemente en casa cuando es posible), mientras que los anglosajones incrementan su ingesta a lo largo del día; desayunos ligeros y cenas muy copiosas.

Asimismo, otro estudio muestra que, aquellas mujeres con obesidad que tenían una mayor ingesta calórica en el desayuno, mostraban una mayor pérdida de peso y mejores niveles de azúcar. Así, la tendencia anglosajona de horarios desordenados y más ingesta en la cena, no es del todo recomendable.

Gerda Pot, directora de la investigación explica que “el dicho ‘Desayuna como un rey, almuerza como un príncipe y cena como un mendigo esconde alguna verdad”. Para los autores, el principal problema es que las guías sobre alimentación están centradas en recalcar ‘qué’ debemos comer y no ofrecen recomendaciones sobre la importancia de ‘cuando’ realizar cada una de las comidas del día.

Y añade Pot que “si bien las evidencias sugieren que el mayor consumo de calorías en la noche se asocia con un mayor riesgo de obesidad, todavía desconocemos si la ingesta de energía debería distribuirse equitativamente a lo largo del día o si el desayuno debería contener la mayor proporción de energía, seguida de la comida y de la cena”.

El objetivo del tercer estudio fue analizar el impacto de un estilo de vida con los ciclos de sueño y horarios de comida irregulares, así como saltarse las comidas y comer fuera de casa. Para ello, se seleccionó a trabajadores por turnos, que eran más proclives a sufrir cambios drásticos en sus patrones de sueño y en sus hábitos alimentarios.

Los autores de este estudio recalcaron que muchos de los procesos metabólicos vinculados a la alimentación llevan un ritmo circadiano. Tales como el apetito, la digestión, el metabolismo de grasas, el colesterol y la glucosa. Y afirman que “la ingesta de alimentos puede alterar nuestro reloj biológico, muy especialmente en el caso de órganos como el hígado y el intestino. Y de la misma manera, nuestro reloj interno también está regulado por el ciclo día-noche, que puede afectar a nuestro modo de alimentarnos”.

Así, los trabajadores por turnos que alteran sus horarios de comidas tienen mayor riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, distintos tipos de cáncer y el síndrome metabólico. Por esta razón, aquellos que puedan crear horarios fijos de comida, para cubrir las necesidades alimentarias diarias o por motivos sociales, los establezcan para acostumbrar al cuerpo a estar en consonancia con el ritmo circadiano natural del cuerpo.