El texto, basado en las experiencias de más de 45.000 estudiantes de 8.º, 10.º y 12.º curso y seleccionados al azar a lo largo de 48 estados, evidenció que, en 2015, un 29,9% de los estudiantes afirmó haber probado los e-cigarrillos, al menos, una vez en su vida, mientras el 12,8% reconoció haber consumido la sustancia en los 30 días anteriores a la encuesta. En 2016, dichas cifras se vieron reducidas al 26,6% y 9,9% respectivamente.

Entre los estudiantes de 8.º grado, el uso habitual del dispositivo decreció de un 8 a un 6,2% en este mismo periodo, mientras entre los jóvenes de 10.º grado fue de un 14,2 a un 11% y, entre los alumnos de 12.º, del 16,3 al 12,5%. A pesar de esta tendencia, muchos adolescentes siguen sin percibir el riesgo para la salud que supone el vaping. Concretamente, el 21% de los estudiantes de 8.º, el 19% de 10.º, y el 18% de 12.º grado no lo consideraba un dispositivo peligroso al no contener alquitrán.

No obstante, según reiteran los investigadores, “las sustancias altamente adictivas que contienen estas pipas, afectan al desarrollo del cerebro de los adolescentes, haciéndolos más susceptibles al abuso de las drogas”. Además, dicho químico, utilizado para dar sabor a algunos cigarrillos electrónicos, provoca el llamado “efecto de palomitas de maíz”, en los pulmones.

Por otro lado, y aunque generalmente el uso de cigarrillos electrónicos empuja a los adolescentes a fumar tabaco convencional, el abandono del vaping no ha motivado un ascenso en la compra de cigarros; por el contrario, el tabaquismo entre adolescentes estadounidenses también ha alcanzado uno de sus niveles más bajos desde hace 42 años.