Tras el 27.º Congreso de la Academia Europea de Dermatología, celebrado del 1 al 16 de septiembre en París, ha vuelto a quedar claro que la psoriasis lleva consigo una repercusión psicosocial digna a tener en cuenta. Pese a que su tratamiento ha mejorado durante los últimos años, esta enfermedad dermatológica no tiene cura, es crónica, dolora e incapacitante.

Esteban Daudén, jefe del Servicio de Dermatología del Hospital Universitario de la Princesa de Madrid, lo  tiene claro, tal y como declaró a la agencia SINC en el congreso; para él, es curioso que una enfermedad menor tenga una repercusión social tan alta. Pero la repercusión también es económica, según quisieron recordar en el congreso, ya que los tratamientos no están cubiertos por la Seguridad Social.

La psoriasis, una enfermedad sistémica inflamatoria, se asocia a distintas comorbilidades relacionadas con el metabolismo, y entre un 20-30% de los pacientes que la padecen pueden desarrollar también la artropatía psoriásica. Entre las enfermedades relacionadas se encuentran: la hipertensión, el sobrepeso o la resistencia a la insulina.

Arsenal terapéutico

Los medicamentos para la psoriasis son muy diversos. En el congreso se recordó que se empieza por los medicamentos tópicos, para seguir con la fototerapia y los fármacos sistémicos, ya sean inyectables u orales. Los fármacos biológicos son la última opción perfilada para unirse a las citocinas del sistema inmune.

Los dermatólogos han apreciado un gran cambio durante los últimos 15 años gracias a los fármacos biológicos. Después de varias generaciones, los más destacados para casos moderados o graves son el inhibidor de la de la interleucina 23 (IL-23) y el de la interleucina 17 (IL-17), y muchas veces se duda cuál de los 2 es más adecuado según el caso.

Los expertos en psoriasis coinciden en que la psoriasis no se está curando y su desaparición es muy difícil, aunque se esté tratando. Daudén señaló que aún quedan varios frentes abiertos, como los casos de psoriasis leve, los pacientes que no responden a las terapias, controlar los efectos secundarios a largo plazo, educar a la población para que no discriminen a los afectados y que el gobierno abarate los tratamientos.

“Hoy, cuando los pacientes de psoriasis vienen a mi consulta estoy feliz, porque ahora puedo ayudarles de verdad. Y con el tiempo ellos se convertirán en personas felices también”, concluyó Kristian Reich, profesor de Dermatología en la Universidad de Gotinga (Alemania).