Según recoge el estudio, publicado en la revista Plos One, las muestras de pelo de las que se extraía el cortisol se recogieron cada 3 meses, momentos en que las mujeres embarazadas se sometían a una serie de pruebas que evaluaban su estrés y síntomas psicopatológicos. La evaluación emocional de las madres continuó durante los días posteriores al parto.

De esta manera, los investigadores, pertenecientes al Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento (CIMCYC) y a la Facultad de Psicología de la UGR, pudieron concluir que los casos de depresión posparto coincidían con los registros más elevados de cortisol. Concluyeron, además, que las mujeres que desarrollaban depresión posparto somatizaban más durante el primer trimestre de embarazo, mientras que, en el segundo, a la somatización se sumaban síntomas de depresión, ansiedad y obsesión compulsión.

En el trascurso del tercer trimestre, las pacientes mostraron somatización y mayores niveles de estrés específico del embarazo. Junto a la mayor presencia de cortisol, estos síntomas son indicadores con “una importante implicación en la prevención de la depresión posparto”, asegura María Isabel Peralta Ramírez.

La autora principal de este estudio, enmarcado en el proyecto de investigación Gestastress recuerda que, “a lo largo de todo el embarazo, existen variables psicológicas y hormonales alteradas entre las mujeres que presentarán y no presentarán la posterior depresión”. Detectar esas diferencias, defiende “es clave para poder prevenir el estado psicológico de la madre, así como las consecuencias en el bebé”.