“Las 2 principales fuentes de alimentación para la atención especializada (AE) son las derivaciones hechas por los médicos de los centros de salud y las hechas por los médicos de las urgencias hospitalarias, la otra Atención Primaria”, recuerda Simó.

Por tanto, justifica el experto, la respuesta al nulo incremento del número de primeras consultas en AE, podría hallarse en el hecho de que la población se ha visto reducida desde 2010 y en que las consultas a Urgencias y AP han sufrido una disminución desde 2009.

Parece lógico pensar que, si se produce un decrecimiento de estas primeras consultas, este se reflejara también en las consultas de tipo sucesivo en AE, sin embargo, respeto a 2007 estas han aumentado en un 19,6%, lo que equivale a “más de 7 veces lo que han aumentado las visitas a AP (2,9%) y más de 4 veces lo que ha aumentado la población (3,9%) en el mismo periodo”.

A partir de estos datos, obtenidos por el autor del Sistema de Información de Atención Primaria (SIAP) y la Estadística de Centros Sanitarios de Atención Especializada, ambas confeccionadas por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Simó se pregunta, “cuál es entonces la causa del incremento tan notable de las consultas sucesivas a especializada” y halla su respuesta en la llamada “medicina de excesos”.

El desempoderamiento de Urgencias y AP

“Parece que nuestra sanidad pública empieza a tener un serio problema de medicina de excesos en el ámbito de las consultas especializadas”, dice, “parece crecer el número de quienes confunden proactividad con hiperactividad, derrochan más acción que reflexión y prefieren errar por comisión o por exceso antes que por omisión o por defecto”.

Según Simó, esto, sumado a “la intensidad diagnóstica y terapéutica sin que por ello desaparezca la Ley de Cuidados Inversos”, acaba por catalanizar “la creciente fragmentación asistencial, el desempoderamiento de la Atención Primaria y del médico de familia, así como una medicina defensiva que sigue haciendo de las suyas”, denuncia.

Aún prevalece entre los ciudadanos, y también entre muchos profesionales, según advierte el autor, la idea de que “es posible eliminar o controlar todos los riesgos para la salud”. Simó entiende que “la hiperactividad que conduce al sobrediagnóstico y al sobretratamiento podría constituir ya, aunque silente, un verdadero problema de salud pública”.

Para el médico de familia, el “esperar y ver” es ya “un vestigio del pasado más austero, pero, quizá por ello, de mejor sentido común clínico y menos iatrogénico”, reflexiona. En definitiva, “parece que empieza a ser necesario proteger a los pacientes de la intervención especializada innecesaria como una medida fundamental de prevención cuaternaria” concluye.