Los investigadores, Nouf Al-Turki, Ayman Afify y Mohammed AlAteeq, han recogido a través de cuestionarios auto administrados las experiencias de 270 trabajadores en 12 centros diferentes de Medicina Familiar de la ciudad de Riad.

De este total, 123 individuos (6%) experimentaron algún tipo de violencia durante los 12 meses previos al estudio. La mayor parte de las agresiones (2%) corresponden a violencia verbal e intimidaciones, aunque también llegaron a producirse episodios de violencia física.

Los datos mostraron que en más del 70% de los casos, los asaltantes eran los propios pacientes, aunque un 20,3% de los sucesos reportados hablaban de los familiares y acompañantes del enfermo.

Tras las agresiones, un 48% de las victimas admitieron no haber hecho “nada”; solo el 38,2% llegaron a denunciar la agresión o al menos informaron de lo sucedido de forma activa, si bien es cierto que el 13,8% se limitaron a “desahogarse” con sus compañeros de profesión sin acudir a sus superiores o a una comisaría.

Los factores que influyen en esta problemática son numerosos: ansiedad, tendencias suicidas, trastornos de salud mental, adicciones, posibilidad de acceso a armas de fuego o que el propio paciente haya sido víctima de algún tipo de violencia.

Aunque los datos por género no han sido especialmente relevantes, tal como apuntan los investigadores, si se percibe una mayoría de varones adultos como agresores y sitúa a las enfermeras como víctimas más comunes.

Las franjas temporales de mayor riesgo son las horas de visita, las de comidas y los turnos de noche, cuando es más probable que el trabajador esté solo. Influyen así mismo, factores relacionados con el entorno como condiciones de hacinamiento, la mala iluminación y la poca ventilación en las salas de espera.

Ofrecer a los pacientes o acompañantes la posibilidad de moverse por el centro sin restricciones, la falta de cámaras de video vigilancia o la poca formación del personal frente a situaciones de estrés, pueden ser determinantes.

El estudio ha concluido que “los trabajadores de AP son más vulnerables que los profesionales de otras especialidades porque son la primera línea de contacto”. Por eso es necesario “desarrollar nuevas medidas preventivas que incluyan educar a los profesionales para que denuncien”.