El doctor Francesc Formiga, especialista de la UFFIS de Geriatría y del servicio de Medicina Interna del Hospital Universitario de Bellvitge (Barcelona), ha hecho un repaso de los métodos de valoración integral del paciente geriátrico. Durante su ponencia, que ha tenido lugar durante el 38.º Congreso Nacional de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), el experto ha lamentado que, muchas veces, “se nos llena la boca con conceptos como la fragilidad o la calidad de vida, pero no sabemos cómo cuantificarlas”.

A los 80 u 85 años, un paciente tiene una esperanza de vida de unos 5 años, recuerda Formiga pero, si a dicho paciente se le trata adecuadamente, la esperanza puede llegar a los 7 años. Por el contrario, señala, un ingreso hospitalario, sea de la enfermedad que sea, siempre será una agresión para el individuo que verá disminuida su esperanza y calidad de vida. “Cada paciente geriátrico que ingrese habrá perdido a su salida, al menos, una actividad básica de su vida; ya no se bañará, no cocinará o ya no subirá escaleras”, sentencia. Por eso, defiende, es esencial anticiparse.

“El internista debe ser el mejor médico para su paciente y ofrecerle un mínimo universal, pero, si además en geriátrico, se deben añadir una serie de cuidados”, defiende. La tercera edad es muy heterogénea y por ello el clínico debe saber bien a qué tipo de paciente se enfrenta; sin embargo, existe una tríada de problemas básicos:

  1. Comorbilidad y polifarmacia.
  2. Discapacidad física y cognitiva.
  3. Fragilidad y sarcopenia.

“La fragilidad es como la pornografía; todo el mundo sabe lo que es, pero cuesta mucho describirla”, bromea el experto sobre una condición que, en realidad, implica una incapacidad de adaptación frente a una agresión. “Antes pensaba que para detectar la fragilidad se necesitaba ojo clínico, pero, hoy por hoy, pienso que la fragilidad hay que evaluarla”, admite Formiga. Existen para ello múltiples sistemas y marcadores, desde la escala FRAIL que mide parámetros como la deambulación, fatiga subjetiva o la pérdida de peso, hasta el test de Guralnik, que realiza pruebas físicas de equilibrio y velocidad de la marcha. “Si bien nuestras consultas no suelen estar preparadas para este último ejercicio”, matiza.

Respecto a la cognición del paciente, sugiere Formiga, es muy importante cuantificar, “no colgarle la etiqueta de la demencia porque existen muchos grados”. Para determinarlos, el internista puede optar por el test de Pfeiffer, el Mini-Cog de retención de palabras o la prueba del reloj -situar los números en la circunferencia y colocar las manilas en marcando las 23:10- . En este sentido, y aunque no es la labor principal del internista, sí conviene hacer un mínimo de valoración social. “Si voy a dar de alta a un paciente tengo que pensar de qué manera, con quién se va a ir, quién se va a hacer cargo, si existe riesgo nutricional, etc.”.

A modo de conclusión, Formiga ha citado y reformulado a Guillermo de Ockham: “la complejidad no debe imponerse sin necesidad, pero desgraciadamente en geriatría la complejidad se impone”. El mayor reto al que parece enfrentarse un internista es, por tanto, la gran cantidad de tiempo y recursos personales que supone identificar correctamente al paciente en riesgo de fragilidad. No obstante, “el cribado geriátrico no debe hacerse de golpe, sino con tiempo, con herramientas fáciles y con un equipo multidisciplinar”, concluye.