El ejercicio físico reduce la intensidad del dolor en pacientes crónicos, además de mejorar la calidad de vida y la función física. Así lo puso de manifiesto Inmaculada Failde, especializada en Medicina Preventiva y Salud Pública y catedrática de la Universidad de Cádiz, durante una de las sesiones del XV Congreso de la Sociedad Española del Dolor (SED), celebrado la pasada semana en Palma de Mallorca.

Según ha informado la Sociedad Española del Dolor (SEDO), la especialista revisó los beneficios del ejercicio físico tanto en personas sanas como en aquellas con dolor. Estos últimos, dijo, se han demostrado sobre todo en pacientes “con enfermedades musculosqueléticas como la artrosis, esencialmente de rodilla y cadera, la lumbalgia y la fibromialgia”.

“En estas condiciones, los beneficios son moderados y solo en algunos estudios sobre artrosis o lumbalgia los efectos son más evidentes, especialmente sobre la intensidad del dolor”, recalcó Failde, que citó una revisión reciente sobre los beneficios del ejercicio físico en distintos procesos causantes de dolor crónico; esta reveló que son pocos los trabajos que evalúan los efectos a largo plazo.

De acuerdo con la catedrática, el ejercicio físico debe ser siempre personalizado, progresivo y supervisado por un profesional, que debe valorar qué programa es el más adecuado para cada persona en función de su patología y sus características personales. Los programas combinados de fuerza, elasticidad y actividad aeróbica, con periodos de descanso, son los más empleados, de acuerdo con Failde, que incidió en la necesidad de medir la efectividad a largo plazo.

Dolor y microbiota

Por otro lado, la catedrática de Farmacología de la Universidad Rey Juan Carlos Raquel Abalo abordó la relación entre el dolor y la microbiota. Según explicó, la inflamación causada por la colonización por patógenos del tubo digestivo puede provocar dolor abdominal persistente, incluso cuando la inflamación ya no es evidente. Se trata del llamado síndrome de intestino irritable postinfeccioso.

“A veces los microorganismos no son los causantes directos del problema, sino que se aprovechan de la situación, liberando sustancias al torrente circulatorio o provocando un estado inflamatorio sistémico que puede alterar también los mecanismos de percepción y transmisión del dolor a otros niveles”, añadió la experta, que aclaró que en ocasiones ese estado inflamatorio sistémico predispone a dolores intensos derivados de estímulos relativamente leves.

En la actualidad, se investigan los mecanismos que permiten mantener un equilibrio de la flora intestinal adecuado y evitar enfermedades y dolor. En ese sentido, se trabaja para desarrollar antagonistas de algunos receptores que se localizan en determinadas células y que responden específicamente a patrones moleculares presentes en los microorganismos, como los llamados toll-like receptors (TLR). También se están realizando trasplantes fecales para restituir la flora alterada.

Acupuntura diagnóstica

En el Congreso se abordó también el uso de la acupuntura como terapia y como método diagnóstico del dolor. Al respecto, Mike Cummings, director médico de la Sociedad Británica de Acupuntura (BMAS), señaló que las agujas filiformes son eficaces para evaluar y diagnosticar el dolor “particularmente en medicina musculoesquelética y en el contexto de interacciones viscerosomáticas complejas”.

De acuerdo con el experto, incluso la llamada acupuntura Sham, que se basa en la inserción de agujas al azar a 2 o 3 cm de distancia de los puntos utilizados en el tratamiento real de acupuntura, “muchas veces ofrece mejores resultados que la atención convencional en casos de dolor crónico, muy claramente en lo tocante a calidad de vida”.