La leishmaniosis es una enfermedad infecciosa muy asociada a países pobres pero que, sin embargo, afecta a 2 millones de personas nuevas cada año. Se encuentra en el segundo puesto en el ranking de enfermedades parasitarias, tras la malaria, y afecta tanto a hombres como animales.

La leishmania es el microorganismo que provoca la enfermedad, y que se transmite a mamíferos a través de la picadura del insecto flebotomino, parecido a un mosquito. Esta picadura se produce por parte de la hembra, que se alimenta de sangre para el desarrollo completo de los huevos.

La infección depende de la virulencia del parásito inoculado, así como del estado del sistema inmunológico de la persona infectado. En muchos casos, la infección es leve y solo produce afecciones cutáneas. En otros, la infección se puede prolongar y acaba siendo causa de enfermedad; casos en los que se necesita un tratamiento farmacológico adecuado para que el paciente pueda tener un desenlace problemático. En los años 90 se registró un gran número de casos de leishmaniosis coincidentes con un aumento de infectados por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).

Asimismo, la leishmania resulta de especial interés por las particularidades en la organización de su genoma y que comparten con los parásitos causantes de la enfermedad del sueño (tripanosomiasis africana) y la enfermedad de Chagas (tripanosomiasis americana).

Por este motivo, un grupo de científicos ha realizado una investigación, publicada en la revista Parasites & Vectors, en la que se analizan nuevos mapas genómicas de la leishmania, que amplían los ya conocidos y publicados en 2005 en la revista Science. “Hasta ahora, el genoma publicado en 2005 ha servido de referencia para la construcción de los mapas genómicos de otras especies de leishmania, pero en esta publicación se demuestra que estaba incompleto”, tal y como afirman Begoña Aguado y José María Requena, investigadores principales del estudio.

“La relevancia de este trabajo se encuentra en el hecho de que ahora contamos con un mapa cartográfico más preciso para el genoma de leishmania mayor, añaden los autores. Este hallazgo genético “podría ser clave para el desarrollo de nuevas estrategias de lucha contra este parásito”, pues actualmente no existe ninguna vacuna disponible y la quimioterapia conlleva una gran toxicidad y no asegura que no vuelvan a aparecer cepas resistentes.