Antonio Calles, oncólogo del Hospital General Universitario Gregorio Marañón, explicó que antes solo se tenía una opción de tratamiento para casi todos los pacientes, el docexatel. Luego, expuso que durante los últimos años habían aparecido fármacos que mejoraban la supervivencia en los antiangiogénicos (nintedanib y ramucirumab) y en la inmunoterapia (nivolumab, pembrolizumab y atezolizumab).

Calles insistió en la utilidad de los anticolinérgicos para perfiles muy concretos de cáncer de pulmón. También afirmó que no todos los pacientes eran buenos candidatos para la inmunoterapia, al igual que no todos los tratados se beneficiaban de ella. Por esta razón, apunto que los anticolinérgicos eran una opción a considerar.

“Pueden ser una alternativa útil para pacientes que han presentado progresión tras recibir quimioterapia o no han llegado a responder a este tratamiento, no fumadores en los que la inmunoterapia parece ser menos efectiva y pacientes que presentan poca o nula expresión de PD-L1”, declaró el oncólogo.

Luego, explicó el impacto de nintedanib combinado con docexatel en aquellos pacientes que recaían tras la quimioterapia, y que la asociación de estos fármacos había demostrado aumentar la supervivencia en pacientes con adenocarcinoma de pulmón de segunda línea.  “Hasta ahora, las opciones de tratamiento eran muy limitadas y ninguna de ellas había impactado positivamente en la supervivencia”, puntualizó.

En este simposio también se habló de la necesidad de identificar el perfil de cada paciente para establecer una personalización del tratamiento. Para esto, el oncólogo señaló la necesidad de encontrar biomarcadores que permitan detectar cuáles son las personas que más se van a beneficiar de las terapias antiangiogénicas.