Científicos de la Fundación de Investigación Oftalmológica (FIO), el Instituto de Neurociencias de Alicante y la Universidad Miguel Hernández han señalado una alteración en la inervación de la córnea como posible desencadenante de la inestabilidad en la superficie ocular asociada al ojo seco. El equipo ha considerado orientar el tratamiento a la prevención mediante fármacos neuroprotectores. La propuesta, publicada en el Journal of Comparative Neurology, podría suponer “un auténtico cambio de paradigma en este campo”, según la FIO.

El hallazgo de poblaciones neuronales de carácter nociceptor y funcionamiento alterado “abre la vía para diseñar fármacos específicos contra esta nueva diana terapéutica”, asegura Ignacio Alcalde. En una nota de prensa, el investigador ha sugerido que sería posible inhibir específicamente las señales dolorosas que transmiten estas neuronas. “Nuestros resultados ofrecen una posibilidad muy interesante para pensar en un tratamiento de los síntomas en personas que ya padecen ojo seco”, indica.

Al margen del descubrimiento, Alcalde ha recordado que “el envejecimiento parece ser el factor principal y que más peso aporta en el desarrollo la enfermedad, que puede agravarse con el condicionante del género femenino o agentes ambientales locales”. Por su parte, el presidente de la FIO, Luis Fernández-Vega, ha puesto el foco de atención en la educación sanitaria. El ojo seco, dice, “es un problema que afecta a millones de personas”; por eso, “la educación debe estar dirigida no solo al paciente sino también a todos los profesionales sanitarios que se pueden encontrar con esta enfermedad”.

Para el profesor Fernández-Vega, la formación “garantizaría un diagnóstico más temprano del ojo seco y contribuiría a evitar factores de riesgo”, como abuso de la visualización en pantallas o la exposición a ambientes tóxicos como el del humo del tabaco. “El ojo seco está, en general,  bien diagnosticado y tratado, aunque, en ocasiones, se subestima su diagnóstico porque el paciente está acostumbrado a tener síntomas y el sanitario no tiene evidencia de que pueda ser grave”, secunda el investigador Jesús Merayo.