“Normalmente el niño siente la necesidad irresistible de realizar contracciones musculares breves, involuntarias, bruscas, repetidas y sin propósito, que disminuyen parcialmente mientras está concentrado en una tarea específica, pero aumentan en aquellas situaciones en las que el niño padece estrés o fatiga”, resume la especialista en una nota de prensa.

La edad escolar es el momento crítico para la aparición de los tics, aunque “pueden manifestarse de forma muy variada y suelen cambiar a lo largo de la vida, incluso llegando a desaparecer durante algún periodo”, explica. En este sentido, es importante distinguir entre tics pasajeros y crónicos, cuando se prolongan más de un año.

“Lo más habitual es que se trate de un problema primario que no requiera más estudios que una exploración neurológica, pero en algunos casos podemos encontrar alguna enfermedad por lo que si se sospecha puede ser necesario realizar algunas pruebas complementarias que la descarten”, recomienda Pablos.

“La mayoría de los tics no suelen interferir en las actividades cotidianas, pero hay casos en los que están muy presentes y las medidas psicoeducativas no han sido suficientes”, añade. En estos casos, “llegan a producir una limitación funcional y social en el niño, incluso, a veces, repercuten en su rendimiento académico”.

De ser así conviene “plantear la posibilidad de un tratamiento farmacológico”, admite; “hay que tener en cuenta que los trastornos crónicos con frecuencia se asocian a alteraciones conductuales”, como trastornos del aprendizaje, déficit de atención o hiperactividad.

Dieta, sueño y deporte

La neuróloga ha elaborado una serie de consejos que el pediatra debería seguir frente a un niño con tics; entre ellos, “evitar llamar la atención al niño para que controle los tics, ya que en la mayoría de los casos no son conscientes de ellos”. En lugar de eso, puede resultar útil promover “una vida sana y activa; que el niño coma bien, duerma lo suficiente y realice actividad física”.

Evitar videojuegos agresivos o excitantes y poner en práctica técnicas de relajación son otras pautas que el pediatra puede ofrecer a los padres. “Pueden realizarse ejercicios de respiración, jugar a oscurecer la habitación o contar un pequeño cuento de 2 o 3 minutos, ampliando el tiempo poco a poco”, ejemplifica.

En caso de que el menor sea consciente de su problema, es básico preguntarle directamente si los tics le ocasionan algún tipo de molestia física -dolores musculares, de cabeza, etc.-  preocupación o vergüenza. De ser así, un abordaje multidisciplinar de la patología podría proveer al menor de estrategias sustitutivas, concluye.