Los investigadores, dirigidos por Collin Challis, han partido de varias premisas anteriormente probadas, entre ellas la característica acumulación de fibras insolubles de sinucleína presente en los enfermos de párkinson. Por otro lado, tuvieron en cuenta que, generalmente, los pacientes con esta patología reportan algún tipo de problema digestivo hasta 10 años antes de notar los primeros temblores, tal como se publicó en The Lancet.

“Curiosamente, otro de los primeros síntomas del párkinson es la pérdida del olfato”, matiza el científico de la Newcastle University, David Burn, en declaraciones a New Scientist; “puede que no sea una coincidencia que, tanto la nariz como el intestino, sean órganos cuyas células nerviosas están expuestas al mundo exterior y a sus microbios y toxinas”.

Gracias a estos indicios, hace aproximadamente una década, un equipo de patólogos formuló la primera hipótesis en esta dirección, al encontrar fibras de sinucleína en los nervios intestinales durante las autopsias; tanto en difuntos con párkinson como en aquellos que no habían sufrido síntomas en vida, pero albergaban fibras en su cerebro.

Para validar estas ideas, el equipo de Challis inyectó fibras de sinucleína en el estómago y el intestino de la cepa de ratones para observar, 3 semanas más tarde, como estas habían llegado a la base del cerebro. Al cumplirse los 2 meses, la sustancia ya se había acumulado en las partes de la materia gris encargadas del control del movimiento. A lo largo del experimento, la agilidad de los roedores disminuyó de forma similar a la de los afectados de párkinson.

De esta forma, cobrarían mucho más sentido las estadísticas que indican que, los pacientes sometidos a vagotomía, tienen menor tasas de riesgo de párkinson. También el hecho de que, los agricultores expuestos a ciertos plaguicidas o las personas que reciben su agua potable de pozos, son más propensos a sufrir la patología, tal vez, por el daño de las sustancias químicas a los nervios intestinales.

Estas y otras evidencias, como que las personas con esta enfermedad, albergan bacterias intestinales diferentes a las de sujetos sanos, ya ha llevado a numerosos expertos a experimentar con tratamientos antibióticos, trasplantes fecales o fármacos para el secado de las fibras de sinucleína.