Ricardo Arregui, conocido como el neurocirujano de los alpinistas, ha protagonizado un encuentro sobre Medicina de altura organizado en el marco de la celebración del 50.º aniversario de la Facultad de Medicina y Enfermería de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). El himalayista Juanito Oiarzabal y el estudiante Borja Bilbao también han participado en el acto, presentado por el profesor Francisco Doñate.

“El organismo humano no puede vivir a 8 mil metros”, señala Ricardo Arregui, jefe de Neurocirugía de la Clínica MAZ de Zaragoza y uno de los mayores expertos en congelaciones de España. También es autor de El quirófano del hielo: del bisturí al Everest, un libro en el que cuenta su experiencia en la montaña más alta del mundo como parte del equipo de Al filo de lo imposible.

Su relación con la Medicina de altura comenzó cuando llegó a su consulta el montañero Fernando Ruiz con fuertes dolores provocados por congelaciones sufridas en el Aconcagua. Ese encuentro dio lugar a una relación cada vez más estrecha con el alpinismo que lo llevó a alcanzar la cima del Everest en 1992. Asimismo, ha participado en una expedición al Polo Norte para llevar a cabo investigaciones médicas.

Problemas de la hipoxia

Durante la expedición al Everest, Ricardo Arregui se encargó de estudiar las alteraciones del cuerpo humano a gran altitud. “El problema que tenemos a tanta altura es que la presión parcial de oxígeno va disminuyendo y no podemos respirar bien. Como nuestro organismo no está preparado para esa presión parcial de oxígeno, va produciendo más hematíes”, explica el neurocirujano.

“Todo eso hace que la sangre se enlentezca, que sea más viscosa. Eso hace que el sistema nervioso central vaya más lento de lo normal y haya algún tipo de alteración funcional, no estructural, que luego, cuando bajas se va recuperando”, añade el especialista, que ha desarrollado un protocolo que lleva a la clínica MAZ a alpinistas de todo el mundo. Desde el centro se organizan también rescates en caso de necesidad.

“Cuando un alpinista llega a la clínica MAZ con el alma en carne viva, la mirada extraviada y los dedos negros encuentran a una de esas personas que se empeñan en recuperar la vida de los conquistadores de lo inútil para que vuelvan pronto a la montaña, aunque sea con algún dedo de menos”, apunta el alpinista Sebastián Álvaro.