Si bien la situación de estos pacientes ha mejorado en los últimos años, gracias a los avances en detección y diagnosis, “sigue siendo necesario esclarecer algunos aspectos sobre esta alteración”, concluye la experta. Entre los síntomas más destacables se encuentra, por ejemplo, la alteración del sueño o la desregulación del funcionamiento ejecutivo.

También son señales distintivas la inhibición de la conducta, el déficit de atención, la hiperactividad y la impulsividad o la dificultad en la relación del niño con su entorno, frecuentemente asociada a dificultades escolares. No obstante, matiza Méndez, “no es necesario que se den conjuntamente todos los síntomas para presentar el cuadro, ya que hay diferentes subtipos”.

Por eso, considera la neuropsicóloga, “el mejor consejo es que, ante la duda, es menos perjudicial valorar a un niño que no tiene TDA-H, que retrasar el diagnóstico precoz al pensar que el pequeño evolucionará normalmente”. En este sentido, admite, el ámbito escolar es un buen campo de batalla en la lucha contra el TDA-H.

La importancia de padres y docentes

“El centro escolar suele ser un buen referente, porque la comparación del niño con el resto del grupo de igual edad hace que se tenga un prisma más amplio que en casa”, explica la experta. Por eso, es importante que los tutores “sigan las pistas” si en el colegio refieren uno o varios síntomas nucleares del cuadro.

Aun así, el hecho de que aparezcan dificultades escolares en los menores tendrá que ver con la intensidad del cuadro y con la inteligencia del niño, recuerda, dado que el TDA-H no está vinculado a la capacidad intelectual. Esto provoca que, “a veces, algunos niños con capacidad intelectual alta puedan cursar con normalidad el currículo escolar y la detección del trastorno sea más tardía”.

Así mismo, es necesario atender a otros factores, como que los síntomas deben aparecer antes de los 6 años de edad y prolongarse durante, al menos, 6 meses. Además, deben mantenerse en todos los entornos, de manera que, “si un niño solo se muestra inquieto e impulsivo en casa, sería razonable pensar que se trata de un problema conductual”.

Terapia médico-psicológica combinada

Una vez se produzca la alerta, “el protocolo a seguir es acudir a la consulta de neuropediatría y de neuropsicología-psicología infantil”, zanja Méndez. “En caso de confirmar el diagnóstico y, en función de la intensidad de los síntomas, se propondrá una terapia combinada médico-psicológica, un tratamiento muy frecuente y exitoso”, propone.

En cualquier caso, trabajar con los padres siempre será fundamental. “Como siempre que se trabaja con un niño, es básico establecer una coordinación con todo el contexto, incluido colegio y familia, para favorecer la respuesta terapéutica”, concluye.