Entre un 18 y un 20% de los niños de entre 0 y 7 años padece astigmatismo, miopía o hipermetropía. Algunos estudios que citan las doctoras estiman que la prevalencia de la miopía en el primer año de vida es de entre un 4 y un 5%, y aumenta progresivamente con la edad. La hipermetropía, por el contrario, tiende a disminuir con el crecimiento y desarrollo del niño e, incluso, puede conllevar el cese del uso de gafas.

La hipermetropía leve -hasta 3 dioptrías- es “un estado fisiológico esperable en la población infantil, que se compensa fácilmente por la capacidad de acomodación de los niños”, explican Folgado y Urrestarazu. Por eso, el tratamiento “empieza a plantearse a partir de las +3,5 dioptrías y en niños con más de 6, no suele disminuir”.

En el caso del astigmatismo, el tratamiento corrector, “ya sea con lentillas o gafas, es permanente en el tiempo, durante toda la vida, ya que no suele variar con el crecimiento o lo hace muy poco”. Por su parte, el estrabismo se detecta en el 10% de los niños que acuden a consulta, mientras la obstrucción del conducto lacrimonasal afecta a casi el 6% de los recién nacidos.

En 95% de los casos que se producen antes de los 12 meses y el 98% antes de los 18, esta secreción costrosa se soluciona con masajes de presión hiodrostática y antibióticos tópicos. En cualquier de estos casos, consideran las expertas, “la batalla contra los problemas de vista en los niños es una carrera contrarreloj”.

De hecho, los pacientes deben comenzar a someterse a pruebas visuales desde recién nacidos, ejemplifican, “en las primeras visitas al pediatra ya se les realiza el test del reflejo rojo para ayudar a detectar problemas graves, desde cataratas a alteración corneal y tumores”.

No obstante, y a pesar las visitas al oftalmólogo y del conocimiento de antecedentes familiares, “lo más habitual es que los casos menos evidentes no se detectan hasta que los niños van al pediatra, en el mejor de los casos, en la prueba de agudeza visual, a los 4 años”, advierten las especialistas.