La NASA ya había establecido unas pautas en el deterioro visual de los cosmonautas después de haber pasado largas estancias en el espacio (caso de Scott Kelly). Cuando volvían a Tierra, los síntomas más habituales eran visión borrosa, aplanamiento de la parte posterior del globo ocular e inflamación de los nervios óptimos.

Todos esos síntomas se encuadran dentro de la deficiencia visual de la presión intracraneal, y se da en casi 2 tercios de los astronautas que tienen que permanecer durante mucho tiempo en la Estación Espacial Internacional (EEI).

La microgravedad hace que el plasma se desplace hacia la parte superior del cuerpo, lo que ocasiona problemas de visión, según los expertos. Según Noam Alperin, profesor de la RSNA, aseguró que el deterioro se encuentra en el líquido cefalorraquídeo (LCR). Aunque el LCR está diseñado para adaptar el cuerpo a los distintos cambios de presión, la ingravidez supone un reto añadido.

Un equipo de científicos liderados por Asperin realizó resonancias magnéticas antes y después de vuelos espaciales de larga duración para comparar los resultados con aquellos astronautas que habían realizado misiones más cortas.

Los resultados mostraron que, a mayor duración del viaje, más aplanamiento de la parte posterior del globo ocular, mayor inflamación del nervio óptico, más aumento del volumen del LCR y del líquido dentro del sistema ventricular. Sin embargo, no se observaron cambios en el volumen de la materia gris en ninguno de los 2 grupos.