Así lo ha defendido un estudio de la Berkeley University of California, el Nanyang Technological University, el Dartmouth College y la Université Paris Descartes, tras realizar un experimento de rastreo de movimientos oculares y parpadeos en una docena de adultos jóvenes.

Durante “el experimento más aburrido de todos”, según ha bromeado en una nota de prensa el profesor asistente de psicología y autor principal del estudio, Gerrit Maus, los sujetos debían permanecer en una sala oscura, fijando la mirada en un punto concreto bajo la monitorización de cámaras infrarrojas.

Cada vez que se producía un parpadeo, el punto se desplazaba un centímetro hacia la derecha; de forma tan sutil que los participantes no llegaban a ser conscientes del desvío. El sistema motor ocular, sin embargo, resultó ser capaz de registrar el movimiento y cambiar la línea de visión.

Además, resaltan los investigadores, tras aproximadamente 30 parpadeos de reajuste, la línea de visión de los participantes se dirigía inconsciente y automáticamente al lugar donde, previsiblemente, iba a desplazarse el punto. “Los pacientes no eran conscientes de que el punto se había movido, pero sus cerebros sí”, resume Maus.

“Estos resultados se suman a nuestra comprensión de cómo el cerebro se adapta constantemente a los cambios, redirigiendo nuestros músculos para corregir los errores en el hardware de nuestro propio cuerpo”, ejemplifica el autor del estudio, financiado por una beca del Whitney Laboratory for Perception and Action.

Los hallazgos sugieren, además, que el cerebro, “calibra la diferencia entre lo que vemos antes y después de un parpadeo, y dirige al ojo para hacer las correcciones necesarias”, explica el experto. “Los músculos del globo ocular son bastante lentos e imprecisos”, señala, por eso, “el cerebro tiene que asegurarse constantemente de que los ojos están apuntando hacia donde deben”.

Por su parte, el coautor del estudio, David Whitney, reitera que, “si somos capaces de percibir el entorno con coherencia y sin experimentar ceguera transitoria es gracias a la capacidad del cerebro para conectar los puntos por nosotros”. Con él coincide Patrick Cavanagh, que compara el mecanismo con un “estabilizador de cámara de la mente”.