Los jóvenes oftalmólogos realizan una media de entre 10 y 50 cirugías de cataratas durante su residencia, según el cuestionario, mientras el mínimo obligado para sus homólogos estadounidenses es de 86 intervenciones. Dentro de Europa existe además un problema de estandarización ya que, mientras Reino Unido ofrece el número más elevado de prácticas, junto con Portugal y Países Bajos, en Bélgica y Suiza la cirugía intraocular ni si quiera forma parte del plan de estudios.

Dentro de la escasez, la técnica más experimentada entre los aprendices es la facoemulsificación, materia obligatoria en 13 estados, seguida de las cirugías de ectropión o entropión (12), la oculoplástia, blefaroplastia y cirugía de músculos extraoculares (11), la trabeculectomía (10) y la cirugía escleral (4). A pesar de estas cifras, muchos estudiantes eligen la especialidad “porque nos nacen creer que la mitad del plan de estudios es cirugía”, denuncia la presidenta de SOE YO, Marie Louise Roed Rasmussen.

La posibilidad de entrenarse en esta disciplina “acaba dependiendo de la disposición de los tutores y adjuntos, y su interés por involucrar al equipo quirúrgico para que pasen tiempo entrenando al residente”, lamenta Rasmussen, quien, a pesar de su doctorado y 16 años de experiencia clínica en Dinamarca, se siente “decepcionada” ante su falta de entrenamiento.

“Conozco profesionales que no pueden solicitar post-residencias en Suecia y Holanda porque el requisito para obtener la beca es haber practicado 200 cirugías de cataratas, algo en lo que no han sido entrenados en absoluto”, ejemplifica, “muchos llegan a gastar enormes cantidades de dinero para viajar a la India, estudiar allí y volver con la esperanza de que Europa reconozca ese entrenamiento”.

Peter J. Ringens, presidente de la EBO, es consciente de ese “dramático” 22% de oftalmólogos europeos que jamás han tenido la oportunidad de practicar o asistir a una intervención quirúrgica. “Es cierto que los candidatos son evaluados en exámenes escritos y de viva voz”, admite, “pero eso no aporta ninguna certeza sobre sus verdaderas habilidades”. La solución, según Ringens pasa por “armonizar los planes de estudio respetando las normativas locales”.

Ivo Kocur, funcionario médico de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y supervisor del Lions Ophthalmology Educational Center de Praga (República Checa), aboga por exportar el modelo estadounidense en el que “ambas partes están obligadas por una especie de contrato, y si los estudiantes no reciben lo que se acordó pueden quejarse y obtener resultados”, explica.

Allí, “los alumnos saben exactamente el nivel de rendimiento y competitividad que las instituciones esperan del estudiante, pero también lo que ellos deben obtener a cambio”, recuerda. Mientras, en Europa, “el éxito de un alumno puede depender de que encuentre un profesor agradable y con ganas de enseñar…o no”.

Y es que, en países pequeños, “los maestros no quieren compartir su conocimiento por miedo a perder pacientes”, advierte Kocur, “la competencia a nivel local puede ser altísima”. En este sentido, “debe abordarse el clásico debate pedagógico sobre la necesidad educar al educador”, sugiere. Por otro lado, y aunque la diferencia de lenguas puede ser una barrera, el mayor escollo sigue siendo la falta de fondos. El sector privado y el uso de simuladores, aparecen como alternativas a la situación generalizada.