El experto ha valorado esta técnica por su naturaleza reversible, que permite adaptarse a la graduación del paciente, y su capacidad para preservar la córnea sin modificarla, así como por los mínimos riesgos que conlleva y la calidad visual que proporciona. Igualmente, ha destacado que su fabricación en colámero es totalmente compatible con el organismo.

“La ICL es espectacular en cuanto a resultados; con ella se ve bien, bien de verdad, de noche, haciendo deporte y en cualquier circunstancia y entorno”, ejemplificó Poyales, “no obstante, no todos los cirujanos pueden operar con esta técnica”, ya que requiere mayor experiencia y determinados hábitos quirúrgicos, además de instalaciones específicas”, admite.

Tampoco cualquier paciente es apto para optar a intervenciones de este tipo, recuerda, ya que “los criterios de indicación incluyen requisitos como tener una graduación estable y unas dimensiones mínimas de la cámara del ojo”, especifica sobre esta técnica que permite “poner fin a graduaciones mucho más elevadas que las recomendadas para tratar con el láser”.

Las lentes ICL son capaces de corregir rangos de miopía de -0.5D a -18.0D, de hasta 6.0D en pacientes con astigmatismo y entre +0.5D a +10.0D si se trata de problemas de hipermetropía.

Las intervenciones ambulatorias y con anestesia local, apenas duran 15 minutos por ojo, recuerda, y la recuperación es “prácticamente inmediata sin causar el denominado síndrome de ojo seco, que sufre alrededor del 40% de los pacientes operados con láser”.

Pese a todos estos datos, solo un 7% de las 105.000 operaciones de cirugía refractiva que se producen cada año en España son para implantar una ILC, según datos aportados por IOA Madrid.

El láser también domina las intervenciones a nivel mundial, aunque en las últimas décadas “las cirugías refractivas con ICL se han multiplicado por 4  llegando a ser casi 90.000 en 2015 en todo el mundo, donde cada 6 minutos se implanta una lente ICL”, según datos aportados en el evento.