El primero en darse cuenta fue John Phillips mientras estaba en la Estación Espacial Internacional en 2005. Mientras estuvo en órbita, su visión se redujo. Cuando regresó a la Tierra, el equipo de médicos comprobó que su vista se había deteriorado de 20/20 a 20/100, lo que repercutiría enormemente en su trabajo.

Las pruebas realizadas demostraban que los ojos de Phillips habían sufrido alteraciones. La parte posterior de los ojos se había convertido en plana al empujar las retinas hacia adelante. Los nervios ópticos estaban inflamados y había presencia de pliegues coroideos, según este diario americano.

En aquel momento, la NASA pensó que era un caso aislado hasta que se demostró que le pasaba a la mayoría de los astronautas mientras estaban en el espacio, o al poco tiempo de llegar. Esta patología se ha llamado síndrome de deterioro visual por presión intracraneal, y está causada por la falta de gravedad. La ingravidez hace que la presión se acumule en la cabeza.

Mientras se está en la Tierra, la gravedad hace que los líquidos desciendan hacia los pies. En el espacio, esto no ocurre por la ausencia de gravedad, y los científicos creen que una de las repercusiones es la pérdida de visión. Un ejemplo de ello fue el caso de Scott Kelly, quien acumuló en un año lo aproximado a 2 litros de líquido en su cerebro.